Este polifacético intelectual llegó para participar en la Fiesta Internacional de la Cultura, el Libro 2008, que se realiza hasta hoy en Quito, en homenaje al centenario del nacimiento del escritor Alfredo Pareja Diezcanseco. En Guayaquil hubo un apéndice de esta actividad.
En la década de los años 80 sus tacos andaban más rápido. Por esa época, sus tacos estaban en las marchas por los derechos humanos, por la reivindicación de los homosexuales, en la calle escapando de los policías en plena dictadura militar. Y, según afirma, hoy como ayer sus letras continúan al servicio de los débiles, de los oprimidos, de los perseguidos. “Ese el único sentido que tiene mi escritura”, comenta el cronista, escritor y artista visual chileno Pedro Lemebel, quien visita por primera vez Ecuador invitado por la Fiesta Internacional de la Cultura, El Libro 2008.
Prefiere que su obra no sea vista desde la militancia, sino desde el activismo. Sus personajes y escenarios se desarrollan en prostíbulos, en la calle, en las discotecas y callejones sin salida. Su trabajo cruza el performance, el travestismo, la fotografía, el video y la instalación, pero también los reclamos de la memoria y la sexualidad. Con un dolor de cabeza provocado por la altura de Quito, conversa con este Diario en medio de una cafetería y el humo de su tabaco.
¿Por qué dice que el estereotipo de los homosexuales vinculados a la peluquería está pasando?
Los homosexuales se diversifican en sus quehaceres públicos. Cuando hablo de homosexuales hablo de las diferencias. Desde el activismo progresista. También hay travestis brillantes en cátedras universitarias, ahora hay transexuales elaborando su discurso que es mucho más transgresor que ponerse el taco aguja y pintarse los labios.
En un momento ¿en dónde estaban los homosexuales? estaban en las peluquerías y en las universidades no había homosexuales visibles, evidentes. Con suerte encontrabas uno en danza o en arte. Siempre creen que los homosexuales somos todos artistas. Con mi compañero (Francisco Casas) de las Yeguas del Apocalipsis (grupo de arte) decidimos refundar la Universidad de Chile. Pero como los conquistadores, como ‘ladys godivas’, desnudas en un caballo que en realidad era yegua y se llamaba Aparecida. Entramos a la Universidad de Chile desnudos, en cueros, para simbolizar la entrada del cuerpo de los homosexuales a las universidades y a otras carreras en plena dictadura. Tuvimos suerte.
¿Y ahora son visibles los homosexuales?
Carlos Monsivais dice que se han instalado dos conceptos en la lucha homosexual: gay y homofobia. La causa homosexual se aburguesó, se ha adscrito al poder. Eso me di cuenta en los Estados Unidos. Ahí en San Francisco el paraíso de la causa gay es un lugar de turismo caro.
Antes la calle Castro, que era la calle de los gays, estaba habitada por chicanos, negros, pero bastó que llegara una loca y se instalara en las casitas, la pintara, le pusiera un pajarito y un arbolito, una florcita... Bastó eso para que suba de estatus y entonces fuera las minorías, los chicanos.
También hay un resentimiento con los gay considerados como blancos, rubios, apolíneos, musculosos de gimnasio. Ese estereotipo es más repugnante que el estereotipo de la loca, pintarrajeada, travesti, ese
estereotipo del gay músculo nace.
La sociedad evolucionó y las causas sociales de lucha cambiaron en América Latina.
Creo que hay transformaciones, no reconocerlas es egoísta, pero no todo está hecho. Hay grandes desigualdades económicas en mí país, que se jacta de ser el milagro económico latinoamericano, y de eso no me puedo olvidar. Hay grandes injusticias con el pueblo originario, el pueblo mapuche, hay encarcelamiento, persecuciones. Yo pongo mi voz en esas causas
¿Y los homosexuales ya no son su causa?
Hay muchas voces homosexuales hoy, pero es bueno hablar de otras cosas más que de esta emotividad castigada que se llama homosexualidad.
¿Defender las causas sociales y hacer público al homosexualismo no le trajo problemas en su país, considerado como una sociedad conservadora?
Ha habido de todo. En general he tenido acogida, sobre todo en sectores más desposeídos, sectores que no tienen la costumbre de entrar a una librería. Hice un programa de radio en donde transmitía mis crónicas. Las escuchaban el taxista, la dueña de casa. Mis crónicas las publico en medios baratos y populares que estén al alcance de todos. Mi libro La esquina es mi corazón salió recién en 1994. Me resistía a publicar, no quería verme encapsulado en un libro.
¿Este activismo le sirvió para construir a los personajes de sus crónicas y libros?
No puedo hablar así de mis personajes, porque son personas que existen, a mí la ficción no me queda bien.
¿Por qué no la ficción?
Porque no me interesa. La realidad me supera, la realidad supera a la ficción, es mucho más vital, más política. Mi escritura es un gesto político ante todo, incluso antes que la escritura, es una consigna pero cambiante
¿Por eso escribe crónicas más que novelas?
Cuando comencé a escribir crónica era un género bastardo, que no se reconocía. Todos cuentan cosas, hechos pero no hay una elaboración del lenguaje, de construir un lenguaje. De alguna manera he trabajado eso por la influencia de la poesía. Más que la narrativa, que tiende a aburrirme. El asunto de la crónica lo comencé sin saber que escribía crónica. Yo venía del cuento.
Publiqué un manifiesto político que un poco le hacía una demanda a la izquierda sobre la inclusión de la homosexualidad, el manifiesto se publicó y me pidieron otra cosa y llegó en una instancia de sobrevivencia, porque me pagaron por la publicación, escribí otro texto, pero sabía que no debía hacer cuento, tenía que ser más periodístico y escribí de crímenes homosexuales y así me fue saliendo la crónica.
Así me enteré cuando leí a Carlos Monsivais, de México, y a José Martí de que lo que yo hacía era crónica y me quedó como anillo al dedo. Porque los materiales con los que trabajo son materiales populares, es la canción popular, el testimonio, la biografía y ciertos destellos de poesía. Aunque Roberto Bolaño haya dicho que soy el poeta de mi generación, sin ser poeta.
¿La construcción de la crónica no le resulta compleja?
Yo no vengo del periodismo, eso puede ser un plus bueno o malo. Como vengo de la literatura y las artes plásticas trabajé en performance, me ha servido la fusión de géneros por los que me he movido, llámese género literario, como mi activismo en derechos humanos, por la causa homosexual,
etcétera.
¿Cómo mira su obra hacia el futuro?
Estoy en un punto ciego, estoy mirando lo que he hecho. De todos mis libros me quedo con La esquina de mi corazón. Como libro de crónica es el más logrado en términos de creación, elaboración del lenguaje, de un habla, de una forma de decirse, más barroco, más adjetivado, que tiene que ver con la exageración del alma homosexual. El travesti puede medir 1,80 cm y se pone tacos de 20 cm, es un monstruo. Esa exageración es bella.
PERFIL: Pedro Lemebel
EDAD
53 años
SUS TEMAS
En sus libros aborda la marginalidad chilena con algunas referencias autobiográficas.
SU TRAYECTORIA
En el 2002 escribió su primera novela, Tengo miedo torero, que fue llevada al teatro en el 2005. En 1999 obtuvo la beca Guggenheim y en el 2004 fue invitado a la Universidad de Harvard como conferencista.
OTRAS OBRAS
Entre sus libros constan Los incontables, La esquina es mi corazón, Loco afán: crónicas de sidario, De perlas y cicatrices, Zanjón de la Aguada; Adiós, mariquita linda y Serenata cafiola.