Se ahogó el grito cuando le pusieron el trapo en la boca. Quedó inerme, víctima acorralada presa de manoseos que le recordaron espolones, garfios, ganchos, arpones, pinchos. Fue sangre tibia, atropello despiadado a un cuerpo que ya no le pertenecía. Una faz nebulosa cubierta con pasamontañas, boca babeando, perpetraba su cometido de bestia. Alguien le inmovilizó férreamente los brazos, hizo jirones sus ropas. Vio rostros. Animalito asustado, deseaba que le quitasen la vida, le reventasen la cabeza contra el suelo. Desmayarse, quería desmayarse, escapar por el túnel lleno de luz, despertar en cualquier lugar que no fuese la tierra. Introdujeron en su boca un frasco de aguardiente, apretó los dientes, los puños, intentó poner cerrojos en cada dique de su cuerpo. En vano. La invadían, le destrozaban la boca como hacen los hombres de mar cuando desgajan con anzuelos el hocico de los peces. Rasguñada, arañada, escarbada, se convirtió en tierra de nadie, en tierra de todos, se hizo trizas aquel espejo en el que centelleaban cada mañana ilusiones recién nacidas. De pronto tuvo mil años. Encanecieron sus anhelos, caducaron sus proyectos.
Unos hombres saquearon su infancia, decapitaron las muñecas, hicieron trizas los cuadernos escolares, donde por vez primera había conjugado el verbo amar. Unas fieras irrumpieron en su adolescencia, laceraron lo del enamorado, el beso dulce consentido. Había imaginado al niño que heredaría sus pupilas, caminaría hacia la escuela cogido de su mano, balbucearía torpemente las esenciales sílabas. En pocos minutos le arrebataron sus recuerdos, enlodaron su alma. Estrechó los párpados, bajó las celosías, clausuró para siempre su despensa de ternura. Se iba diluyendo el color de sus ojos en lágrimas represadas, se difuminaba su personalidad, mutilando sus ansias de vivir. Ahogados en su garganta se truncaban aullidos de angustia. Quería esfumarse, disipar el espejismo. Su cuerpo se desmoronó en lenta caída, se fue hundiendo en el pozo, perdió el conocimiento.
Ocho días después empezó a trenzar una cuerda mientras mascullaba incoherencias, estrofas infantiles dolidas. Reía histéricamente, mas su voz se desperdigaba en sollozos incontenibles. Médicos revisaron torpemente sus intimidades, psicólogos dispararon andanadas de preguntas, policías insistieron en que repitiera su relato. No quería recordar; necesitaba ducharse sin cesar, seguía entrelazando la soga. Sabía que la viga principal del baño aguantaría el peso de su dolor un día cualquiera. Si tantas partes de su cuerpo habían sido forzadas, ¿a quién le llamaría la atención verla en un ataúd con el cuello dislocado? Los ojos deslavados miraban sin ver, la boca se abría sin proferir palabras. La ternura se había ido pateando puertas. La diminuta mujer con sus 15 años a cuestas dio las espaldas al sol, se encogió en el suelo, escribió signos que nadie jamás entendió. Los violadores ni siquiera recordaron su mirada, su rostro.
Añadí sus pupilas a la colección de miradas que me atormentan cuando intento conciliar el sueño. Me sentí otra vez como el inútil perro san bernardo que casi nunca se halla en el lugar donde podría salvar una vida. Vivir es ser pero también estar.