El fútbol ha perdido algunos elementos esenciales de su belleza: la armonía que enaltece todo movimiento colectivo y el razonamiento que necesita una jugada para despertar admiración. Todo es confuso y vulgar.
La televisión acerca todo: fútbol de España, de Italia, de Inglaterra, Alemania, México, Argentina… El producto que se ve es más o menos el mismo: jugadores que corren, chocan, traban, caen, forcejean…
Demasiada presión, lo cual genera decenas de errores y mínimos aciertos y un denominador común: no hay tres pases seguidos del mismo bando. Las más de las veces, ni dos. Todo es confuso, vulgar, apretado, rústico. A las pérdidas, una jugada feliz, un pase inteligente. Y en el medio, algunos goles, no tantos tampoco.
A manera de absurda justificación, se escucha decir: “Prefiero mil veces jugar mal y ganar que hacerlo bien y perder”. Como si la torpeza, el error y la fealdad fueran requisitos para el éxito.
Un colega refiere “lo malo que es el fútbol peruano”. Otro cuenta: “En Colombia se ha anotado la menor cantidad de goles en 60 años de fútbol profesional”. Vemos el prosaico fútbol argentino, cuyo máximo atractivo lo aportan los hinchas (cuando no hay violencia).
El noticiario de un canal argentino presenta todos los lunes un segmento titulado ‘Los 5 fantásticos’; pasa los cinco mejores goles de la jornada. Últimamente no llegan a juntar cinco. La semana anterior completaron con un gol de la B nacional (segunda categoría).
No es mucho mejor en Europa; impresiona más por los bellos estadios, la magnífica puesta en escena y porque todas las figuras actúan allí. Aún así, la estética aparece con cuentagotas. Real Madrid juega decididamente feo. No hay mejor espectáculo en Italia (¡por favor…!). En Inglaterra, la liga más atractiva de los últimos tiempos, también ha perdido espectacularidad. El alemán es un nivel inferior, más tosco.
Un mes atrás los hinchas argentinos quedaron perplejos: un muchacho Emmanuel Culio, jugando para el Cluj de Rumania, le anotó dos goles de buena factura a la Roma, en Italia. El Cluj venció 2-1. Culio había estado un año en Independiente y otro en Racing; no pudo jugar en ninguno de los dos. Le ofrecerían nacionalizarse e integrar la selección rumana. Síntoma de que allá no sobra nada tampoco.
De Messi uno espera que haga cosas diferentes al resto. Y las hace. Es posiblemente el jugador que más ilusiona hoy en el mundo. También lo ayuda el hecho de estar solo en la categoría de los fantasistas. Hasta Ronaldinho declinó tal rótulo.
Este 2008 ha sido pobre futbolísticamente. La eliminatoria es otro reflejo: salvo Martino, DT de Paraguay, todos los demás entrenadores estuvieron en la cuerda floja, renunciaron o fueron despedidos a causa de los malos desempeños de sus selecciones. Y echemos una mirada al equipo guaraní: un líder granítico, sí, aunque sin lucimiento, cuyos atributos más ponderables se circunscriben a simpleza, practicidad, contundencia. Con eso ya le sacó 10 puntos al quinto de la tabla.
El fútbol ha perdido algunos elementos esenciales de su belleza: la armonía que enaltece todo movimiento colectivo y el razonamiento que necesita una jugada para despertar admiración.
Se está jugando exclusivamente para saber el resultado. Nada más. Es notable: en un torneo participan 20 equipos y los hinchas de al menos 19 están disconformes con el juego de su equipo. San Lorenzo fue la semana anterior un paradigma de lo que decimos: pese a perder, quedó puntero del campeonato; igual sus hinchas lo despidieron con una estruendosa silbatina.
Es comprensible: no se juega a nada. La bonita excepción a la regla ha sido la España campeonísima de la Eurocopa, portadora de un estilo agradable, pensante, tocando siempre al ras, avanzando en bloque.
Pero fue una mosca blanca. Por lo demás, se ha cernido sobre este año un obstinado eclipse que ensombreció el juego. Hasta la temporada anterior se veía de todo: lindo y feo.
¿Las razones? Hay varios factores concurrentes:
1) La exagerada cantidad de partidos anuales; el jugador se repone físicamente, no mentalmente de un compromiso al otro.
2) El exitismo atroz del público. El hincha quiere que su equipo gane como sea, no le importa cómo.
3) La velocidad y la presión, que quitan precisión.
4) El dinero en exceso que hay en el fútbol mata los sueños. Cuando el futbolista tiene una cuenta bancaria expresada en millones de dólares le empieza a dar lo mismo todo, aunque jure que no. Ganar, perder, jugar bien, mal… “No he cambiado nada, soy el mismo de siempre”, dicen. Lo sienten así realmente. Pero se les va el ojo del tigre.
5) Miedo a perder. La condena al derrotado es muy dura.
El hombre es un animal inquieto y pertinaz, buscará variantes nuevas para darle brillo a esquemas trillados. Mientras tanto, el fútbol que vemos nos gusta muy poco. Advertimos algo insólito: el aplauso parece una especie en extinción. Se abuchean o se celebran resultados y goles, casi no se aplaude. El aplauso es homenaje, reconocimiento.
¿Qué hay para aplaudir…?