Si hoy la bolsa visitase a un psiquiatra, el diagnóstico sería probablemente trastorno bipolar (maníaco depresivo), una afección caracterizada por oscilaciones extremas del estado de ánimo.
Los mercados bursátiles planetarios repuntan espectacularmente un día con las noticias de un rescate de emergencia, y se hunden al siguiente después de recibir más noticias económicas malas. Mercado feliz. Mercado triste. Feliz. Triste.
Tanto los dirigentes políticos como los inversores intentan descubrir por qué la bolsa reacciona de un modo particular. Pero es un esfuerzo fútil. Es prácticamente imposible determinar la causalidad cuando el mercado reacciona de una manera tan desproporcionada. Incluso con la perspectiva que da el tiempo, es difícil entender cómo han afectado los acontecimientos al mercado bursátil.
Está claro que no debemos quedarnos de brazos cruzados y dejar que el mercado gire. Pero se está dedicando demasiado esfuerzo a estabilizar y apaciguar las bolsas en vez de a curar la achacosa economía mundial. Tenemos que aceptar que, con independencia de las políticas o las ayudas financieras que se anuncien, las bolsas mantendrán la volatilidad a corto plazo. Por doloroso que sea, necesitamos dejar que oscilen.
Pero las enloquecidas oscilaciones bursátiles están erosionando la confianza inherente de los inversores: cada vez cunde más la sensación de que el mercado ha perdido para siempre la razón, de que nos dirigimos a la segunda Gran Depresión. ¿La bolsa está experimentando un ataque de nervios temporal, o es más bien un paciente que hay que internar?
Nosotros creemos que la afección es temporal. Una y otra vez, los mercados han demostrado su estabilidad a largo plazo, y no hay razón para pensar que esta tormenta en concreto —aunque más intensa que la mayoría— sea única.
El número de desempleados, aunque causa de preocupación, dista mucho de los niveles de 1930.
Los políticos pueden aprovechar las lecciones aprendidas de la Gran Depresión para guiarnos. Y tenemos un nuevo presidente que llega armado con una enérgica estrategia económica.
Lo preocupante es que nos centremos excesivamente en las fluctuaciones bursátiles a corto plazo, cuando deberíamos centrarnos en sanear la economía.
En realidad, tenemos entre manos dos pacientes: las bolsas y, el más importante, la economía.
A largo plazo, los mercados bursátiles son un buen reflejo del estado de la economía. Pero esto no siempre es válido en el corto plazo, cuando los mercados experimentan un episodio bipolar.
Aunque el diagnóstico de las bolsas a largo plazo es prometedor, los especialistas pintan escenarios apocalípticos para el futuro.
La solución es reconocer que si bien no podemos hacer mucho para evitar las oscilaciones salvajes de las bolsas, sí podemos hacer muchísimo para arreglar la economía. Incentivos fiscales, un paquete de ayudas económicas estatales bien diseñado y una sensata ayuda hipotecaria no sólo contribuirán a sanear la economía sino que al final también facilitarán la recuperación del mercado bursátil y harán que su estado sea más estable, no bipolar (hasta que se presente la próxima tormenta, claro está).
Los inversores inteligentes toleran las oscilaciones, distinguen entre un episodio y una enfermedad psiquiátrica declarada, y confían en la cordura del mercado.
Los políticos inteligentes se centrarán en la economía y se asegurarán de que el paciente sane.