- NOV. 30, 2008 - Foto - Religiosa y Obituarios - EL UNIVERSO
Nos coincide este año el domingo primero de Adviento con el comienzo de una devoción mariana muy tradicional: la Novena de la Inmaculada.
Y pienso que, con esta coincidencia no frecuente, el Señor nos sugiere que arranquemos la preparación de nuestra Navidad queriendo un poco más –o mejor, un mucho más– a la Virgen y Madre María.
Para facilitar este progreso en nuestro amor mariano, comencemos por leer pausadamente unas palabras de un sermón de San Josemaría.
“¿Cómo nos habríamos comportado –se pregunta el Santo fundador del Opus Dei– si hubiésemos podido escoger la madre nuestra?”. Y responde sin titubear: “Pienso que hubiésemos escogido a la que tenemos, llenándola de todas las gracias”.
Es verdad. Porque que nuestra mamá, aun reconociendo en ella tantas perfecciones, tiene también su lado mejorable. Y porque la queremos más que a nadie, si nos fuera dado mejorarla, la querríamos perfecta en todo.
Más San Josemaría sigue: “Eso hizo Cristo: siendo Omnipotente, Sapientísimo y el mismo Amor, su poder realizó todo su querer”.
A mí me gusta imaginar al Padre Celestial preguntando al Verbo Eterno: “Puesto que hemos querido que Te encarnes para poder salvar a los humanos, ¿cómo quieres que sea tu Madre?”.
Y me imagino al Hijo respondiendo: “La quiero con la máxima belleza. La quiero con el corazón más parecido al mío que se pueda dar en una criatura. La quiero con una perfección casi infinita”.
Después, con mi imaginación tenaz, pienso en que el Espíritu Santo toma la palabra y dice: “Yo me encargo. Voy a preparar a una mujer tan asombrosamente santa, que se le pueda decir con verdad: más que Tú solo Dios”.
Mas esto suponía un privilegio nunca imaginable: habría que librarla del pecado original, del pecado que los hombres heredamos de nuestros primeros padres.
Mas esto no significó mayor dificultad para la Omnipotencia y el Amor de Dios: en previsión de los merecimientos de su futuro Hijo, se le concederían a esta criatura, desde el instante mismo de su concepción, todas las gracias necesarias para el cumplimiento de su excepcional maternidad.
Por eso San Gabriel, cuando la saludó para anunciarle lo que Dios quería, la llamó por lo mejor de su excelencia. La llamó “llena de gracia”.
Y por eso usted y yo, en estos primeros días del Adviento, en estos nueve días que nos faltan para celebrar la Inmaculada Concepción, podemos y debemos meditar en su casi infinita perfección.