La vida de Estrellita Brodsky no es la de una alumna de posgrado típica. En lugar de cenas frugales, hay galas museísticas de mil dólares por cabeza. Su hogar es un departamento en Park Avenue, en Manhattan. Y aunque espera terminar su tesis, que se enfoca en los artistas latinoamericanos en París en la posguerra, para enero, Brodsky no planea entrar al mercado laboral académico en un futuro próximo.
Hoy piensa cómo usar su riqueza y contactos como uno de los filántropos de arte más prominentes, junto con su perspectiva académica, obtenida gracias a sus estudios en la Universidad de Nueva York, para darle mayor realce al arte latinoamericano.
Durante dos años, Brodsky ha dotado de fondos al puesto de curador de arte latinoamericano en el Museo de Arte Moderno. Alentó a la Universidad de Harvard a crear un puesto para un especialista en arte latinoamericano en su departamento de historia del arte y arquitectura.
Está en conversaciones con el Museo de Arte de Harvard sobre la posibilidad de financiar adquisiciones latinoamericanas.
El 13 de noviembre presidió la noche inaugural de Pinta, feria de arte latinoamericano que se realiza por segundo año en Nueva York. Mauro Herlitzka, codirector de Pinta, dijo que ella era una decisión obvia no sólo por su prominencia como coleccionista, filántropa y socialité (está casada con Daniel Brodsky, de familia dedicada a bienes raíces) sino por sus antecedentes eruditos.
Aunque MoMA ha coleccionado arte latinoamericano con cierta consistencia, durante muchos años esta expresión fue encasillada y marginada o excluida del canon histórico del arte occidental en otras instituciones.
En los últimos 15 años que los académicos han acogido las contribuciones de latinoamericanos a los movimientos abstractos del siglo XX. El surgimiento de ferias de arte internacionales ha enfocado más la atención en artistas contemporáneos que trabajan en Latinoamérica.
Brodsky, de 56 años, que creció en Nueva York con padres que habían llegado de Venezuela y Uruguay, comentó que descubrió lo ignorante que sobre Latinoamérica era la mayoría de sus compañeros jóvenes.
“Más o menos decían: ‘¿fueron tus padres indios que vivían en la selva?”, dijo de sus compañeros de clase en cuarto o quinto año de primaria. Su tatarabuelo por el lado materno, Juan Idiarte Borda, fue Presidente de Uruguay.
En 1995, una amiga le pidió que le ayudara a organizar una exposición sobre los taínos, habitantes precolombinos del Caribe, en El Museo del Barrio, en Nueva York. Viajó a Haití, República Dominicana, Puerto Rico y Cuba para ayudar a conseguir obras en préstamo. La experiencia general fue transformadora, afirmó.
En un libro de visitantes en la exposición, recordó: “Un niño escribió, ‘mi nombre es Taino, y ahora estoy muy contento de saber en honor a quiénes fui bautizado’. Pensé, fue tan lindo: este niño, que quizá se sentía un poco como un extraño porque tenía un nombre raro, ahora estaba orgulloso de su herencia cultural”.
Luego fue presidenta del consejo del museo. Decidió volver a la escuela para estudiar un doctorado y está en proceso de terminar su tesis en el Instituto de Bellas Artes en la Universidad de Nueva York.