De acuerdo con muchos científicos, la mayoría de los peces que comeremos será de granja, y para mediados de siglo, podría ser más fácil pescar nuestro pez favorito en estado natural nosotros mismos que comprarlo en el mercado.
Sin embargo, hemos pescado en exageración especies como lenguado y atún, al grado que ahora se requiere más trabajo, más energía, más equipo y más dinero para pescar la misma cantidad de peces, alrededor de 77 millones de toneladas al año, nivel que se ha mantenido estancado, en gran medida, durante la última década.
No obstante, muchos de los científicos dicen que es posible una mejoría. Los estudios han encontrado que incluso las especies con números a la baja pueden recuperarse rápidamente si la industria pesquera es manejada bien. Ayudaría si los consumidores de pescado más ricos del mundo ampliaran sus apetitos. ¿Alguien gusta sierra?
De todas formas será una empresa difícil. El consumo global de pescado, tanto silvestre como criado en granja, se ha duplicado desde 1973, y el 90 por ciento de este incremento se ha registrado en países en vías de desarrollo.
El resultado de esta demanda de pescado silvestre, de acuerdo con la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación, es que “probablemente se ha alcanzado el potencial máximo de pesca silvestre de los océanos del mundo”.
Un estudio, en el 2006, concluyó que si continúan las prácticas actuales de pesca, las existencias comerciales del mundo se colapsarán para el 2048.
De hecho, la población de atún de aleta azul del Mediterráneo ya está gravemente reducida y las cuotas de pesca comercial del aleta azul en el Mediterráneo podrían verse bruscamente restringidas.
La pesca del bacalao, discutiblemente uno de los cimientos de la civilización del Atlántico Norte, está en seria merma. La mayoría de las especies de tiburón, robalo chileno y pez emperador está amenazada.
Recientemente, se ha vuelto motivo de preocupación entre los científicos que las especies más pequeñas de peces, los así llamados peces forraje, como el arenque, el sierra, las anchoas y las sardinas, parte crucial de la cadena alimenticia del océano, también están bajo presión.
Estos peces más pequeños son comidos no sólo por los peces que más nos gustan, sino también por mucha gente pobre y no tan pobre de todo el mundo.
Sin embargo, los consumidores más grandes de estos peces más pequeños son las industrias de agricultura y de acuicultura. Casi una tercera parte de los peces silvestres atrapados en el mundo es reducida a harina de pescado y con ello se alimenta a peces de granja, ganado y cerdos. Tan solo la acuicultura consume aproximadamente el 53 por ciento de la harina de pescado del mundo y el 87 por ciento de su aceite de pescado. La acuicultura industrial hoy sigue el mismo patrón que la agricultura.
El alimento comestible se usa para criar animales, en vez de alimentar a la gente. No quiere decir que toda la acuicultura sea mala. Por sí sola, China representa aproximadamente el 70 por ciento de la acuicultura del mundo —donde es pequeña en escala, se concentra en peces herbívoros y no sólo es sustentable, sino que es ambientalmente sólida.
Sin embargo, la cría industrial de peces es una historia diferente. La industria gasta aproximadamente mil millones de dólares al año en productos veterinarios; degrada la tierra (la cría de camarones destruye los manglares, protectores clave de los tifones, por ejemplo); contamina las aguas locales (de acuerdo con un reporte reciente del Instituto Worldwatch, una granja de salmón con 200 mil peces despide nutrientes y materia fecal casi equivalente a 600 mil personas); y pone en peligro las poblaciones silvestres que entran en contacto con el salmón de granja.
Eso, sin mencionar que sus productos, en general, no saben tan bien, al menos comparado con su contraparte silvestre.
¿Por qué molestarse con el salmón criado en granja y sus parientes? Si los consumidores de pescado más acaudalados del mundo empezaran a apreciar a las sardinas, las anchoas y los arenques silvestres, no nos veríamos tan tentados a dárselos de comer a los salmones criados en granjas.
Y ayudaríamos a reabastecer los mares con especies más grandes.
Lo cual, sorprendentemente, es posible. “El océano tiene una capacidad productiva increíble y podríamos muy fácil y sencillamente mantenernos dentro de la misma al limitar la pesca a lo que puede producir”, señala Carl Safina, presidente del Instituto Blue Ocean, grupo de conservación.
Esto suena demasiado bueno para ser realidad, pero con sistemas de monitoreo que reducen el descarte, la captura accidental de los métodos de pesca industrial y principalmente desechado como basura, hasta un 60 por ciento y regulaciones que les proporcionan a los pescadores un interés en la protección del recurso silvestre, hoy se da. Un esquema regulatorio, conocido como “participaciones de captura” les permite a los pescadores tener una participación en una empresa pesquera, es decir, el derecho de pescar cierto porcentaje de una cosecha sustentable científicamente determinada.
Los pescadores pueden comprar o vender participaciones, pero el número de peces atrapados en un año determinado es fijo.
Este método ha sido un éxito en varios lugares, como Nueva Zelanda, Islandia y Alaska.