Metida en la reducida expansión hacia Guayaquil de la Fiesta de la Cultura, dentro de las clásicas lecturas y conversaciones, donde la palabra que nació como palabra escrita se multiplica en voces y ecos sonoros –a veces con resonancias inadecuadas por lo inadecuado del lugar– tropecé con un dialogante formidable. Se trata del editor de la revista peruana Etiqueta Negra.
Julio Villanueva Chang es un hombre joven, informal, vehemente, que le pone a su conversación todos los colores de la convicción en su proyecto: haber sacado casi de la nada (su habitación personal, nada de fondos, su red de amigos) una revista que arrancó en el año 2002 y llega hasta hoy en medio de un prestigio creciente y de una calidad confirmada por sus colaboradores: Fernando Savater, Mario Vargas Llosa, Martín Caparrós, Juan Villoro, Alma Guillermopietro, José Antonio Marina, Pedro Lemebel entre muchos otros.
¿Qué hace tan particular el contenido de Etiqueta negra? Me remonto a mi propio hallazgo del primer ejemplar que llegó a mis manos dando una vuelta por los quioscos de Lima en el 2003: una portada de un solo y encendido color, los firmantes de sus textos, la original diagramación, el impacto de sus titulares. Uno solo me dejó pegada a sus páginas (tal vez por mi inveterada fidelidad a la literatura), se llamaba ‘Sri Lanka: El sí de los niños’, donde solamente el giro del género volcaba la vieja obra de Fernández de Moratín en una lacerante realidad, la del turismo pedófilo. Entonces, esta es una revista cuyo cuerpo está sostenido por las crónicas.
La palabra tiene prosapia. Ya en la antigüedad respiraba la hibridez que mantiene hoy y que se ha multiplicado hasta ser saludada como el texto ornitorrinco porque combina, como ese animal, facetas diferentes hasta el punto de ser la clase de escrito donde van a parar los afanes literarios de los periodistas. Como dijo Villanueva, la crónica cuenta una historia que se puede verificar y da pie para un segundo texto, interior, que analiza una realidad a base de ese testimonio. Por eso su rostro múltiple, por eso su inclinación lúdica, juguetona, su indiscreción casi exhibicionista, rasgos que permiten un fondo ensayístico de elaborada inteligencia.
Esta clase de publicaciones parecería haber descubierto el talante justo para el lector de hoy, que tiene poco tiempo, ha embotado su interés y está atrapado por una red de frivolidad expandida por los mismos medios de comunicación, y por la vía de una aparente levedad puede experimentar los efectos de la más noble y permanente literatura: denuncia, conmoción, divertimento.
Villanueva ha recogido seis trabajos de impacto en su libro Elogios criminales, nos relató los esfuerzos de conseguir tema y desarrollo para la famosa crónica de su autoría que no gustó a García Márquez, nos reveló los afanes del cronista y del editor de una revista como la suya.
Y dio un consejo a los jóvenes que lo escuchaban: “no se quejen de lo que no pueden hacer, háganlo, inténtenlo”. Estímulo y ejemplo que todos necesitamos. Ojalá que esta magnífica revista pueda llegar al Ecuador y no sea nada más, privilegio de viajeros o suscriptores.