viernes 28 de noviembre del 2008 Columnistas

Libres, diversos, humanos

“Ser libres, ser diversos, ser humanos”: así reza uno de los lemas de la “Fiesta Internacional de la Cultura, el Libro 2008”, que, en homenaje a Alfredo Pareja Diezcanseco, presentan en Quito y Guayaquil el Ministerio de Cultura y la Cámara Ecuatoriana del Libro. También, organizada por la Universidad de Cuenca y la Casa de la Cultura, se desarrolla la décima edición del Encuentro sobre Literatura Ecuatoriana “Alfonso Carrasco Vintimilla”. Estas dos actividades incluyen la presencia de escritores que hablan de sus obras, leen poemas y son entrevistados, así como la exposición y el análisis de los caminos que han tomado las letras internacionales y nacionales; sin duda, se trata de una oportunidad para que los autores se acerquen más a sus lectores y para que el público halle renovados motivos para entusiasmarse con los libros.

Es evidente que actividades de este tipo empiezan un día y terminan en otro, por lo que las instituciones involucradas no pueden pasar por alto el hecho de que el fomento a la cultura y al libro se convierte en una labor inacabable. Como la lectura no es asunto exclusivo de especialistas, es necesario continuar con el estímulo sistemático a la difusión de nuestros valores e hitos culturales, muchos de los cuales se encuentran más allá de las modas ideológicas de turno. El consumo de las producciones literarias es una ganancia en términos personales y sociales, ya que leer mantiene activa la imaginación, la inteligencia y la sensibilidad, y permite construir subjetividades mejor formadas para afrontar los retos de la era que habitamos. La lectura aporta con insumos para construir la opinión, el juicio y el debate.

Es misión de los organismos oficiales y de los responsables de la difusión cultural ser consecuentes con la proclama de ser libres, ser diversos y ser humanos, no solamente en lo que se refiere a las artes, el libro y la lectura, sino en la perspectiva de propiciar una socialidad y civilidad basadas en las enseñanzas que dejan los libros, que no buscan otra meta que atesorar la rica y contradictoria experiencia de lo humano. La literatura impulsa una relación social entre las personas que leen y, en esa medida, crea comunidad porque entrega elementos compartidos de identidad. Este mensaje de libertad, diversidad y humanidad debe calar en los gobernantes, pues estos legados universales tienen que ser atesorados como emblemas que se encarnen vivamente en esta época distinta que queremos levantar.

Los libros son esenciales porque, como decía Francisco de Quevedo, nos dan la oportunidad de conversar con los difuntos –esto es, escuchar la sabiduría de nuestros mayores– y nos permiten hablar despiertos el sueño de la vida –o sea, armarnos con utopías personales y comunitarias–. Cada día comprendemos mejor que la política debe estar sustentada (y vigilada) por la cultura, puesto que lo que permanece en las sociedades son las manifestaciones culturales y artísticas, los libros fecundados a costa de esfuerzo y talento. Los escritores expresan la sensibilidad de sus circunstancias y así perduran más que las obras de gobierno, de las cuales a veces no nos acordamos. Las fiestas de la cultura son oportunidades para sustentar un práctica de nueva ciudadanía que rebase los eslóganes políticos.
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