TBILISI, Georgia |
El presidente electo de Estados Unidos, Barack Obama, necesita un nuevo enfoque hacia Rusia si es que deseamos evitar una nueva Guerra Fría; además, necesitamos superar nuestro enamoramiento con Misha.
Hay un oso herido, enojado y suelto al norte de este lugar, y eso tiene aterrada a la población local.
El oso ha destrozado este adorable campo, un pujante enclave capitalista que venera a Estados Unidos, depende del impuesto único –que ha sido muy elogiado– y ha acabado con la corrupción casi de la noche a la mañana (en parte, mediante el despido de cada agente de policía de tránsito en el país).
Una de las carreteras principales en el área lleva su nombre en honor al presidente George W. Bush, quien visitó el país en el 2005. Todo mundo estudia inglés, a veces en las franquicias locales de McDonalds, y la gente se muestra perpleja ante las dudas de Occidente con respecto a su conducta hacia los rusos.
“Nosotros creímos que habíamos escapado de ellos, y ellos regresaron y nos violaron”, dijo Alexander Rondeli, quien dirige un centro de análisis estratégico en Tbilisi. “Además, la gente en Occidente está diciendo que nosotros tenemos que decirles que se sientan como nuestros invitados”.
El arquitecto de la Georgia actual es Mijeil Sakashvili. Misha, como lo conocen universalmente; es joven, brillante, carismático, fue educado en Estados Unidos e incluye a personas como él mismo en su gobierno. Se percibe que cualquier funcionario del gabinete georgiano tiene más o menos la mitad de la edad y el doble del coeficiente intelectual de su equivalente estadounidense.
Ahora que los georgianos fueron lastimados por el oso en la breve guerra de agosto, ellos están desesperados por unirse a la OTAN en busca de protección, y uno de los pocos puntos en que tanto Barack Obama como John McCain coincidieron en la campaña fue en ceder, mediante la continuación del proceso de admisión de Georgia en la Alianza del Tratado del Atlántico Norte.
De hecho, esa es una muy mala idea. El presidente electo de Estados Unidos, Barack Obama, necesita un nuevo enfoque hacia Rusia si es que deseamos evitar una nueva Guerra Fría; además, necesitamos superar nuestro enamoramiento con Misha.
Si miramos atentamente, veremos que Georgia no es del todo el brillante faro de la democracia que, a veces, creen los estadounidenses.
“Los periodistas, esencialmente, tienen prohibido contar historias reales”, dijo Sopho Mosidze, una periodista de la televisión. “Si ves televisión rusa o televisión georgiana, es lo mismo. Es propaganda gubernamental”.
En parte, Mosidze se muestra resentida debido a que la estación para la cual ella trabajaba fue atacada repentinamente por fuerzas especiales que portaban armas, mientras que ella presentaba un noticiario. Relató que tropas militares cortaron la señal y después golpearon a algunos de los periodistas. Pronto, el canal renació como una estación a favor del gobierno. Lo que es más, todas las estaciones de transmisiones nacionales de televisión están, en efecto, bajo el control del gobierno.
Después, está la Guerra Georgiana de agosto. Aún no se aclara cómo empezó exactamente esta guerra, pero lo cierto es que la narrativa de Misha –una invasión rusa no provocada que obligó a tropas georgianas a intentar una defensa de su territorio– no tiene sentido alguno.
La explicación más probable es que Misha, harto de continuas provocaciones de los rusos y envalentonado por el respaldo estadounidense, vio una oportunidad de recuperar territorios que los rusos estaban absorbiendo. Eso fue de una imprudencia espectacular, y como han documentado los grupos Human Rights Watch y Amnistía Internacional, el Ejército de Georgia (junto con el de Rusia) dispararon bombas de racimo que hirieron a civiles.
“Era posible evitar esta guerra”, destacó Nino Burjanadze, otrora un cercano aliado de Misha, quien, el mes pasado, formó un partido opositor para desafiarlo. “Debido a un cálculo errado, mi país quedó involucrado en una guerra que, claramente, iba a terminar perdiendo”.
Rusia aprovechó la guerra en el territorio de una de las repúblicas separatistas de Georgia para invadir suelo georgiano, y, de no haber sido por las vigorosas protestas de Estados Unidos y Europa, las tropas rusas bien pudieran haber pasado por encima de Tbilisi.
Desde esos días, Estados Unidos ya anunció un paquete de ayuda por 1.000 millones de dólares para Georgia. Deberíamos recordar que la ayuda militar sería un desperdicio, ya que el ejército georgiano nunca tendrá la fuerza suficiente para disuadir a Rusia. Por contraste, el comercio y la inversión le dan a Georgia peso económico en el ámbito internacional y probablemente contribuyan a disuadir una invasión rusa.
Nota a Obama: Sería una pesadilla ver que nuestras tropas terminaran confinadas a Misha a través de la OTAN. En cualquier caso, Georgia no califica de manera obvia para la membresía de la OTAN porque no controla su territorio plenamente, al tiempo que las conversaciones con respecto a la OTAN crean el error de provocar todas las tendencias nacionalistas de Rusia.
“La OTAN no está en el futuro de Georgia”, dijo Amy Denman, la directora ejecutiva de la Cámara de Comercio de Georgia. “El futuro de Georgia es el crecimiento económico. Si puede continuar en el ciclo de crecimiento de la economía en que está, estará segura”.
Debido a que Rusia se comporta de manera irresponsable –incluyendo su más reciente e infame amenaza de erigir una base para misiles cerca de Polonia–, la tentación en la administración Obama será la de seguir con la expansión de la OTAN y, quizá, con el sistema de defensa antimisiles para Europa, lo cual no es aconsejable. (¡Tenemos muchísimas formas de gastar mejor el dinero!). Más bien, atraigamos a Rusia a medida que atraemos a China; al tiempo que seguimos llamándole la atención audazmente a Rusia con respecto a su conducta incivilizada.
Los palos para los osos que se portan mal no son sustitutos de una diplomacia sobria. Nosotros no queremos que Barack Obama sea otro Misha.
© The New York Times News Service.