miércoles 26 de noviembre del 2008 Columnistas

El jolgorio de Navidad

Amigos que trabajan en jardines de infantes, escuelas y colegios de Ecuador plantean –con cierta frecuencia– interrogantes en torno a las fiestas navideñas; buscan afianzar criterios, depurar costumbres y enriquecer conceptos para proceder de manera correcta en las instituciones que dirigen o donde prestan sus servicios como educadores. Me importa no desentonar en un tema por demás importante. Esbozo algunas premisas; las conclusiones y las acciones consecuentes son de ustedes, amigas y amigos.

-Recordar el nacimiento de Jesús es encarar uno de los misterios más profundos del cristianismo: Dios se hizo hombre, se hizo carne, se convirtió en un infante para nacer en la pobreza y revolucionar el poder hasta convertirlo en servicio. Lo que desentone, aquello que no encaje en la conmemoración de este misterio, está fuera de lugar.

-Navidad es fiesta de alegría, de paz, de buena voluntad. Es la fiesta de los niños que saludan en su pesebre al Niño Dios. Los regalos que reciben los infantes en Nochebuena los convierten en “pequeños niños dioses” que, al igual que el hijo de María y José recibió regalos de los Reyes Magos, ahora nuestros pequeños los reciben de sus padres, de los que están junto a ellos y los quieren de verdad.

-Desde octubre se oyen en supermercados y centros comerciales cantos que nos recuerdan la Navidad, mezclados con adornos y luces que engalanan esos ambientes. Se busca vender y vender más, promocionar productos, enganchar las ventas con las festividades navideñas. Nada más alejado de la verdadera Navidad, de su sentido bíblico. La sociedad de consumo ha roto el misterio; la pobreza ha sido cambiada por la codicia; la sencillez por la opulencia; el amor por los regalos. ¿Cuándo fue que nos arrebataron la profundidad del misterio, la sobriedad de los pasajes bíblicos, la novena de Navidad, la espiritualidad de “la misa del gallo”, la reunión familiar alegre y discreta?

-Los maestros de religión, los departamentos de pastoral, los capellanes, los padres de familia cristianos son los llamados para orientar la preparación de este acontecimiento extraordinario: los arreglos de Navidad en aulas, oficinas, salas de recepción, etcétera, deben revestirse de la simbología precisa que destaque el misterio de Navidad, que resalte su trascendencia, sin olvidar el tono alegre y festivo, lleno de recuerdos y expectativas de quienes esperan el nacimiento de Jesús.

-A manera de premisas, suficiente. Luego de arduas y prolongadas discusiones, el rector  suele zanjar: “establezcamos el qué, no discutamos el cómo”, una verdad del tamaño de una catedral. Los encargados de hacer realidad, en su campo de responsabilidad, el “qué” de la Navidad deberán sentarse para estudiar su mejor “cómo”, a sabiendas de que este no debe desvirtuar el qué, es decir, la esencia de la Navidad. Es fundamental establecer pisos de responsabilidad. Si la misión de un directorio es señalar el  qué,  es suficiente con que así lo haga. Los linderos deben observarse.

Cuando nos damos la mano, cuando compartimos ilusiones y alegrías, penas y sinsabores, pobrezas o riquezas, abrazos y besos es Navidad.

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