Participé en el foro sobre inclusión social contra la pobreza cuyo eslogan aglutinador era: calentamiento social. Las participaciones fueron heterogéneas y coincidentes. Lo encontré sumamente interesante, cuestionador. Varias ideas y realidades quedaron rebotando en mi interior a la espera de encontrar una explicación, una luz que suscite nuevas preguntas y acciones. Como sucede casi siempre, una cosa es la que se quiere decir, otra la que se dice, y otra la que los demás interpretan que dijimos.
Hablar de calentamiento social es convocante, en nuestras latitudes latinoamericanas hay una verdadera ebullición de participación social, de querer no solo expresar su voz sino exigir que se la escuche y buscar las acciones que transformen la realidad de acuerdo a esa escucha. Es como una ola que llegó hasta la gran potencia del Norte, en marejadas sucesivas, llevada por diferentes movimientos, unos profundos y subterráneos, otros superficiales, pero que produjeron cambios sustanciales como los que se están produciendo en todo el continente. Escuchar es una tarea marcada por lo femenino. Requiere receptividad. Lo escuchado se cobija dentro de cada persona, grupo o país y si el terreno es apropiado da a luz acciones creativas que producen nuevas realidades.
Al hablar de inclusión se supone que estamos pensando que hay que combatir la pobreza y convertir a los pobres en actores sociales. En realidad los pobres están insertados y son desde siempre actores sociales utilizados como comodín: el sistema económico vigente los necesita, vive de sus trabajos mal pagados, de su exclusión y muchas veces de su marginalidad alimentada por una educación deficiente y repetitiva que no alimenta la reflexión sino su pasividad. Los necesita el político que ofrece migajas a cambio de votos, los necesita la religión que muchas veces se da buena conciencia haciendo obras para ellos, pero sin ellos.
Incluir a los pobres: ¿dónde? ¿No será que hay que incluir a los ricos y sus riquezas? Porque el gran descalabro viene a causa de la privatización de las riquezas y la socialización de las pérdidas. Parece ser que la pobreza pronto será de todos, o de gran parte debido a la recesión mundial y tendremos que aprender nuevamente a vivir juntos, a ser solidarios.
Hemos hecho del dinero el barómetro de la felicidad. Pero el dinero aislado de lo que significa y debería producirlo: trabajo, saberes, estudio, es como sangre envasada: la sangre da vida al cuerpo y si no circula nos morimos. O produce gangrena cuando se estanca. Que vuelva de nuevo a dar vida es un cambio que supone el gran desafío de la creación de un mundo incluyente.
La pobreza en realidad no existe como tal, existen pobres, con nombre y apellido, con necesidades y alegrías. Lo grave es cuando además los pobres viven en la miseria, que reduce el ser humano a piltrafa y mendigo, sin otro horizonte que sobrevivir a como dé lugar.
Le pregunté a familias pobres qué era para ellos la pobreza, y casi todos respondieron ser pobre es no tener salud, estar enfermo y no poder comprar medicinas, ser pobres es estar solo sin que nadie te dé una mano. Esa definición incluye a muchos que no se consideran tales…
En el proceso de cambio nacional que vivimos, no necesitamos más destructores. Ya estamos con los escombros de los partidos políticos, (no de sus prácticas) y de varias instituciones del Estado…
Llega la hora de construir, lo que requiere de grandes consensos nacionales. Que supone sumar, escuchar, actuar con creatividad porque de otra manera el calentamiento social será explosivo y dramático.