Sí, final feliz para el drama del ciudadano Carlos Hidalgo Ronquillo y toda su familia. El presidente Correa suspendió su demanda en inequívoca manifestación de su buen corazón, su oportuna sensatez y su incuestionable sagacidad. En primer lugar, si p ocos hombres resisten las lágrimas de una madre y de una esposa, ninguno gozaría con el llanto derrotado de otro varón. En segundo lugar, probablemente nuestro Presidente recordó la enseñanza de la Antígona de Sófocles: que lo legal no siempre coincide exactamente con lo justo, excepto para el personaje del tirano Creonte. Tercero, a ningún gobierno del mundo le conviene que lo que podría haber quedado como un asunto de comisaría con una sanción menor, se convierta en “una causa célebre”.
Los medios dieron cuenta del proceso de quebrantamiento anímico de un sujeto aterrorizado por lo que le esperaba a causa de su tontería: al menos tres años de cárcel por insultar al Presidente y lanzarle un panfleto “hecho bulluco”. Es una falta grave insultar al Ejecutivo… y a cualquier ciudadano de la República. Pero si Hidalgo es imputable de estupidez momentánea, no necesariamente lo es de criminalidad definitiva, a la que hubiera sido seguramente condenado si el Presidente no renunciaba a su demanda. Dura lex sed civitam revolutio lex. En todo esto seguramente pensaba el acusado, arrepentido hasta la médula mientras se desmayaba con su bebé en brazos: la viva imagen de un hombre “hecho bulluco”. Inolvidable lección nacional para que todos aprendan…
Si el cuadro anterior resultó penoso para algunos, el de su joven esposa cuando se anunció la suspensión de la causa resultó genuinamente conmovedor. Bella y transparente, con su sencillo vestido “del color de Alianza PAIS” –como ella dijo– reiteró ante las cámaras su gratitud y adhesión a la causa del Mandatario clemente, mientras estrujaba su corazón intentando sonreír. Eso sí es como para ponerse a pensar: que los ecuatorianos podamos llegar a creer que el poder reclama gestos de humillación, arrepentimiento y lealtad incondicional, como requisito para que la justicia racional prevalezca sobre “lo que manda la ley”.
Terminó un drama absurdo, evitable y gratuitamente cruel. Desde la perspectiva del ciudadano, podría creerse que insultar a la autoridad es al menos una compensación. Entonces cualquiera insulta en este país: no se requiere dos maestrías para ello. Pero es indispensable crear y mantener una cultura de la opinión y la palabra, no del agravio y la acción irreflexiva.
La prensa ecuatoriana, libre e independiente, dispone de espacios para que los lectores escriban manifestando su inconformidad o su apoyo al Gobierno; es cuestión de animarse al ejercicio de la palabra.
Desde la perspectiva de la autoridad, si existe una entidad metafísica llamada “la majestad del poder”, esta no se cultiva mediante disputas apasionadas, banales y prolongadas con universitarios o con transeúntes que “miraron feo” al Presidente. La República exige que su Mandatario atienda menesteres más trascendentes. Por ejemplo, sostener la flamante impugnación de la deuda externa si se verifica que es una legítima causa nacional; ello demanda una conducción seria, inteligente y responsable.
Igualmente, como insistimos algunos, el Presidente podría producir una genuina revolución en el sistema educativo nacional: el antídoto contra la cultura del insulto.