El ritual era así: llegar del colegio / comer aproximadamente el 25% del almuerzo / un vaso XL de jugo (antes de almorzar) / echarles un grito a mis tres hermanos / correr a la esquina de la calle sexta / jugar.
El partido de fútbol a plena tarde, minutos después de haber pisado casa, era un ritual que religiosamente repetíamos día tras día. Una diversión clásica, simple y que en nuestro barrio aquí en Samborondón se daba en un ambiente calmado y casi sin interrupciones vehiculares (promedio de cinco carros por partido).
Mi equipo era siempre mis hermanos y primos (todos vivíamos a pasos de distancia) y enfrentábamos a cuanto avispado se nos cruzara por el frente, desde vecinos hasta combatientes de otras cuadras que llegaban embelesados por los gritos emocionados de los temporales ganadores y uno que otro picado.
Los arcos eran dos piedras y una vez reventada la portería en diversas ocasiones (eran los partidos que terminan 15 - 8), nuestro destino final era el minimarket Arcoiris, reducto de pan, techo y Coca Cola, en donde comentábamos las incidencias y empezábamos ya a pensar si alguna vez saldríamos de los confines de nuestras cuatro calles.
Creciendo, nos encontramos jugando con equipo completo en una amplia cancha de tierra en el parque cercano a la iglesia de Entre Ríos. Habíamos subido de categoría y enfrentábamos incluso a gente de otras ciudadelas de la zona, visitantes enfocados en plantar bandera y patear canillas. Por un tiempo no fue únicamente divertido. fue toda nuestra vida.
Hoy las calles del sector están privadas de gritos de gol y algarabía descontrolada. Los futboleros del nuevo siglo se concentran con cerveza helada en los complejos de canchas sintéticas y en grandes clubes apostados a lo largo de la vía. Espacios lindos, grandes, verdes... y con poca alma.
Hace rato que no juego. La lamentable cosecha física que se recoge después de años de diseñador gráfico, fiestero y papá me mantiene, al menos por el momento, alejado de las canchas (o la calle).
A todo ese gran grupo de amigos desaparecidos en acción, decenas de ilustres desconocidos que humillamos sin miramientos durante varias tardes inolvidables, les mando un saludo y –parafraseando nuevamente a Andrés Calamaro– “si veinte años después los vuelvo a encontrar en algún lugar / no se olviden que soy distinto de aquel pero casi igual”.