Estrenada en San Petersburgo en 1986 con un público abiertamente hostil, La Gaviota fue la primera de las cuatro obras maestras del dramaturgo soviético Anton Chekhov (1860-1904). Asustados por la reacción negativa esa noche, tanto Chekhov como su actriz protagónica estaban petrificados tras bastidores. Ella había perdido la voz por algunas vociferantes expresiones del público.
Días después, el escritor fue el primer sorprendido al recibir de allegados los elogios que jamás soñó cuando asistía a los ensayos. Además de la sencillez de sus diálogos, La Gaviota introdujo a los escenarios una aguda percepción psicológica de cada uno de los seres registrados por el escritor en el papel, que cobraban vida propia en la escena.
Lastimosamente, casi nada vemos de Chekhov en la tierra de Mi Recinto. En el gran teatro exploramos una sutil maraña de sentimientos encontrados y de íntimos secretos que afloran repentinamente, sin nunca desvalorizar lo que fue la intención del autor en su búsqueda perpetua: romper las barreras entre los seres humanos. Conectarse. Para ello hay que ser valientes y auténticos y el lenguaje es parte vital del escenario total de su visión.
Fue un radiante hallazgo aterrizar hace pocas semanas en Nueva York y descubrir una de las recientes producciones británicas de La Gaviota en un teatro de Broadway. La primera sorpresa es su inmediatez. Estamos en una estancia campestre de la Rusia de fines del siglo XIX, pero el drama que se desenvuelve ante nosotros nunca es grandilocuente. Sus personajes centrales –la actriz cuarentona que visita su residencia lejos de la ciudad, el hijo depresivo al cual nunca logra acercarse, el amante-escritor que advierte los vacíos pero que nada hace al respecto, la chica que sueña con la vida cosmopolita en el mundo que jamás advierte ideales verdaderos– podrían ser parte de los anhelos en cualquier hogar del vecindario actual.
Finalmente, el vuelo inconcluso de esta gaviota –su cacería era común en esos campos– tiene que ver con los sueños de generaciones encontradas y a la vez divergentes, con los cambios que siempre se registran en los grupos sociales y que determinan la supervivencia. En cine, teatro y televisión, estos dramas familiares son el pan de cada día. Vimos hace poco Una tarde, la adaptación de La Gaviota que la actriz-directora Ángela Schanelec realiza en tiempos modernos, como parte del reciente ciclo del nuevo cine alemán en la Sala Ochoymedio de Supercines.
En el filme, el hogar imaginado por Chekhov parece salido de los extravíos de Belleza americana. Ahora la palabra de moda es disfuncionalidad y así se encuadran muchos desastres domésticos.
En la captación poética original de Anton Chekhov, sus familias son simplemente imperfectas. El drama está allí y también la tragedia, pero sus existencias son cálidas, ligeras, hasta nos hacen sonreír por sus errores, en un marco solariego donde vibramos con la paz de la laguna que circunda la casa. El silencio nos lleva a otras honduras y desde allí –de las oscuridades que sus protagonistas parecen ignorar– nos llega esta palpitante y muy necesaria gaviota.