- NOV. 23, 2008 - Foto - El Gran Guayaquil - EL UNIVERSO
Se consideraba una cristiana a medias. Emma Tigrero tiene hoy un hogar tranquilo y ese es uno de los motivos por los que da gracias a Cristo Rey.
Ella vive con su esposo en las calles Bolivia y la 41, al suroeste de la ciudad. Su vivienda, donde habita hace más de 37 años, ha sido para ella el escenario de “múltiples milagros” que han alimentado su fe y cambiado su forma de vida.
“Antes de conocer al padre Longino, mi esposo y yo vendíamos cerveza y no nos importaba el mal que le hacíamos a los que les vendíamos”, dice frunciendo el ceño y tocándose las rodillas con las arrugadas manos. “Nosotros nos arrepentimos y cambiamos”, dice orgullosa. Ahora vende helados en su casa esquinera.
Pero ese no es el único prodigio que le ha concedido su ferviente fe a Cristo Rey.
Con lágrimas en los ojos y frotándolos debajo de sus lentes de marco negro, piensa en su hijo, Johnny, y los problemas que superó aferrada a su Biblia. “Él iba a la iglesia cuando tenía seis años, pero cuando creció todo cambió”, se lamenta.
“Una vez se cogió un cheque de su jefe para pagar una deuda, pero él no es un delincuente”, dice afligida.
Mientras relata su historia, revive cada momento de angustia, pues su hijo desapareció por tres días; ahora sabe que se lo había llevado su patrón a una hacienda que tenía en La Libertad (Santa Elena).
“El se escapó y después arreglamos el problema con el hombre”.
Reconoce que fueron días de desesperación y llanto, cuando “lo único que hacía era orarle a mi Diosito”.
Luego llegó la época de las borracheras. “Él se perdió del camino”, comenta, “pero mi Señor pudo más”. La sonrisa regresa a su rostro después de haber intentado contener sus lágrimas cuando relata que ahora tiene nietos y su hijo está al lado “de una buena mujer”. Tigrero asiste desde 1972 a la procesión por Cristo Rey que se celebra en su parroquia.