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Noviembre 23, 2008

Jorge Barraza | jbarraza@sinectis.com.ar

Chile clasificó al Mundial 1974 por no presentación de la URSS, por la repesca en Santiago. El partido debía jugarse en el estadio Nacional, principal centro de torturas en el régimen de Augusto Pinochet.

Francisco Chamaco Valdés, fino y letal interior derecho chileno, entró al área sin oposición y metió un derechazo inatajable hacia el arco vacío.
Tan inatajable que el gol era en el estadio Nacional, en Santiago, y el arquero ruso estaba durmiendo en Moscú. Unos 15 mil hinchas en las tribunas celebraron tibiamente el “gol”, más sonrientes que eufóricos.
Presenciaban lo que sería un suceso grotesco e histórico. Fue el 21 de noviembre de 1973, acaban de cumplirse 35 años. Chile clasificó esa tarde al Mundial ’74, acompañando a Brasil, Argentina y Uruguay.

Al ganar el grupo C de la eliminatoria, Chile debió disputar un repechaje ante la Unión Soviética. Había premio grande para el vencedor: un boleto para Alemania 1974. El 26 de septiembre de 1973, en el estadio Lenin, de Moscú, la Roja puso coraje y aguantó un 0 a 0 que lo perfilaba mejor para el desquite como local. “El partido de los valientes”, tituló Axel Pickett a su libro, una investigación detallada sobre el tema.

La delegación chilena partió hacia la patria de Dostoyevski solo seis días después del sangriento golpe de Estado que derrocó a Salvador Allende. Miles de personas estaban siendo encarceladas y torturadas en toda la extensión del longilíneo país austral por el régimen de Augusto Pinochet. Y el estadio Nacional era el principal centro de detención.

Varios futbolistas habían caído en las redadas. La estrella del equipo nacional, Carlos Caszely, estaba tachado de izquierdista, igual que el Pollo Véliz, wing izquierdo; el zaguero Leonel Herrera y el técnico Luis Álamos. Se salvaron tal vez por la necesidad de jugar el definitorio partido. El padre de Nelson Vásquez, delantero suplente, había sido “chupado” por las fuerzas de seguridad y se ignoraba su paradero.
Vásquez se puso firme: “Si mi padre no aparece, no viajo”. Ir al Mundial era una cuestión importante, casi de Estado. Se hicieron gestiones y el hombre fue liberado: Vásquez viajó.

Todo el viaje fue tenso. La URSS había roto relaciones diplomáticas con Chile. Al llegar a Buenos Aires, primera escala del largo periplo, un enjambre de periodistas se abalanzó sobre los viajeros. “¡Qué famosos somos!”, pensó Véliz. Nada que ver: la prensa quería saber de primera mano si eran ciertas las noticias atroces que llegaban del otro lado de la Cordillera.

A la hora de la revancha, la federación soviética avisó a la FIFA que no iría a jugar a un país convulsionado políticamente y en un estadio que era recinto de torturas (rigurosamente cierto). Y, vale agregarlo: donde se fusilaba o desaparecía a militantes comunistas, afines al régimen soviético.

Chile dijo que cómo… Qué están diciendo… Y la FIFA ordenó una inspección al estadio Nacional. Se produjo el 24 de octubre y fue bastante superficial. Los militares despejaron los camarines, escondieron a los presos en otras dependencias y Helmut Käser y Abilio D’Almeida, los observadores, aprobaron el escenario. “Hubo ocultamiento de detenidos, para qué mentir. Éticamente es cuestionable lo que hicimos, pero había muchas presiones”, se defendió Francisco Fluxá, entonces presidente de la Asociación Central de Fútbol, en una nota recordativa publicada por el diario La Tercera en el 2003.

Uno de esos detenidos era Hugo Lepe, zaguero de Colo Colo, primer presidente del Sindicato de Futbolistas Profesionales, tildado de activista peligroso. “Al volver de Moscú me enteré de que Hugo estaba detenido”, relata Chamaco  Valdés, ídolo futbolístico del país. “Pedí una audiencia a Pinochet y me atendió. Intercedí por mi compañero. Me dio un carné para presentar ante cualquier autoridad militar. ‘Apúrese’, me dijo, sugiriéndome que podía morir en cualquier momento.
Afortunadamente, tras mucha búsqueda, lo hallé y fue liberado”.

A medida que avanzaba la fecha del encuentro, más se especulaba con la comparecencia soviética en la revancha. Hasta horas antes se decía que estaban escondidos en Argentina y que llegarían justo a la hora del partido. La orden chilena fue alistar el equipo e ingresar a la cancha a cumplir con el reglamento. Lo insólito: no entró el árbitro austriaco Eric Linemayr, designado por la FIFA, sino un propio chileno, Rafael Hormazábal. Y que Chile, sin rivales enfrente, moviera el balón, avanzara y anotara el ridículo gol. A miles de kilómetros de allí, Evgeny Rudakov, arquero ruso, vio luego las imágenes de los delanteros yendo hacia “su” arco. Lo recuerda como un gigantesco absurdo: “¿Cómo pudo jugarse…? ¿Acaso no estaba en el reglamento que si un equipo no se presenta pierde automáticamente 2-0…? Y ese gol también sería inválido pues fue un pase hacia delante, con lo cual es offside”. 

Uno de los 15.1458 espectadores de aquel extraño “match” era Hugo Lepe, quien después de lo vivido se atrevió a volver al estadio Nacional para abrazar a su amigo. “Hugo, ¿tú  aquí… tai loco…?”, preguntó el Chamaco Valdés. “Lo que pasó ya pasó, ahora te vengo a ver jugar”, respondió Lepe.

 

 

 

 

 

 


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