- NOV. 23, 2008 - Foto - Política - EL UNIVERSO
En una isla del río Napo, en la selva de Ecuador, en una cabaña construida sobre pilotes con un tejado de chapa, viven algunos de los empresarios más insólitos del mundo.
César y Magdalena Dahua cultivan cacao, además de piñas, vainilla, aguacates, tapioca, café, naranjas y plátanos. Sus tres hijas más pequeñas corretean descalzas mientras ellos cortan a machetazos los frutos del cacao. Las niñas paran para chupar la viscosa pulpa blanca que envuelve a las semillas del cacao en la vaina.
Para el pueblo quichua al que pertenecen los Dahua, que forma parte del mayor grupo indígena de Suramérica compuesto por unos 2 millones y medio de personas, el cacao siempre ha sido un placer: la pulpa, un caramelo amargo, y las semillas, una vez molidas, un chocolate caliente de lo más rústico.
Por lo general, las semillas eran una mercancía que se vendía a más de 30 céntimos de euro el kilo, a hombres que más tarde las transportaban hasta el puerto de Guayaquil y, desde allí, eran enviadas por todo el mundo para ser transformadas en chocolate. Pero los quichua se hartaron de sacar tan poco beneficio a un producto tan valioso. Con la ayuda de voluntarios eliminaron a los intermediarios.
En la actualidad, las tabletas de Kallari —llamadas así en referencia al nombre de la cooperativa que formaron— se venden en todo Estados Unidos.
La cooperativa emplea una mezcla poco común de semillas de cacao cultivadas en las tierras de los quichua: cacao amazónico afrutado, criollo con nueces, forastero amazónico, tipo trinitario y, sobre todo, una extraña variedad que crece en torno a sus casas llamada cacao nacional. “Tienen un cierto aroma y sabor a hierbas y flores, pero también a otras cosas que no son dulces, como la pimienta negra”, explica Tomas Keme, experto en chocolate suizo que asesora a Kallari.
Las tabletas de 70 gramos, con 75% y 85% de cacao, se venden a 4,75 euros en Estados Unidos.
Para convertirse en fabricantes, tuvieron que decidir ser algo más que simples agricultores. Pero no contaban con los conocimientos ni la experiencia. “Queríamos un cambio”, comenta Carlos Pozo, director de mercadeo de Kallari, “pero no teníamos capital ni a nadie que confiara en nosotros”.
Pero en 1997 conocieron a Judy Logback, una mujer de Kansas que trabajaba como voluntaria para una fundación en defensa de la biodiversidad de Ecuador. “No aparecí con un plan”, cuenta Logback.
“Les pregunté qué es lo que querían”. Pozo y otros dijeron que querían encontrar la forma de subsistir y prosperar.
En un principio Logback les ayudó a llevar las semillas a más de 400 kilómetros, hasta Guayaquil.
“Nos amenazaban con que los intermediarios nos robarían o secuestrarían nuestros camiones”, cuenta Pozo.
Observaron cómo se doblaban con creces las ganancias del cacao vendiendo un kilo en Guayaquil a 80 céntimos de euro. Cuatro años después crearon Kallari, que en quichua significa “empezar” y “el comienzo”. El nombre parecía apropiado. “En el presente, valoramos nuestro pasado”, comenta Pozo.
En la actualidad, la cooperativa está integrada por 850 familias.
Se pusieron en contacto por correo electrónico con fabricantes de chocolate de Norteamérica, y atrajeron el interés de Robert Steinberg, fundador de Scharffen Berger Chocolate en Berkeley, California.
Pero Steinberg decía que antes de que pudiera utilizar las semillas, tenían que estar fermentadas como es debido; un proceso que extrae el sabor y reduce la astringencia. Logback contrató a Jorge Ruiz para que enseñara a los quichua a fermentar.
En octubre de 2004, Steinberg fabricó una tableta con semillas Kallari y les ayudó a presentarla en el congreso de Terra Madre de la organización Comida Lenta en Turín, Italia. Tras al éxito, Logback y Pozo acordaron con los ancianos de Kallari que era el momento de empezar con la producción de chocolate.
En la primavera de 2007, Stephen McDonnell, fundador de Applegate Farms, estableció The Kallari Chocolate Company, y él consta como propietario por cuestiones de responsabilidad civil y de cara a las aseguradoras. Pero todos los beneficios van a parar a la cooperativa Kallari.