El pánico en Wall Street se ha atenuado y los bancos se muestran un poco más dispuestos a prestar. Pero, de repente, la sociedad de consumo estadounidense consume mucho menos.
En 2009, es probable que el gasto de consumo se reduzca por primera vez desde 1980, tal vez por el mayor porcentaje que se haya registrado desde 1942.
Puesto que este gasto representa más del 70% de la actividad económica estadounidense, la crisis de confianza de los consumidores se ha convertido en una problemática importante. Nadie duda de que las familias necesitan empezar a ahorrar más que en las últimas dos décadas.
Sin embargo, una modificación demasiado rápida en su comportamiento podría resultar muy dolorosa.
No está claro qué puede hacerse, incluso de parte del presidente electo Barack Obama y su administración entrante, para mitigar las preocupaciones actuales. Obama ha abogado por un paquete de estímulo económico, el cual compensará parte del repliegue de los consumidores. Él y sus asesores también buscarán apuntalar la confianza al proyectar tanto una capacidad tranquilizadora como una voluntad de mostrarse más agresivos que la Administración Bush.
Sin embargo, el paquete de estímulos bajo discusión no contendría más de 150.000 millones de dólares en nuevo gasto público.
En materia de gasto de consumo, la diferencia entre un año bueno y uno pésimo asciende a aproximadamente 400.000 millones de dólares. Por lo tanto, 2009 podría resultar relativamente desastroso.
Estoy consciente de que ya hemos oído esta clase de advertencia.
Los economistas tenían años de vaticinar una crisis seria del gasto de consumo y no sucedió. “No subestimes nunca al consumidor estadounidense”, como dice un cliché recurrente en Wall Street.
Y, como la mayoría de los clichés, éste conlleva una parte de verdad. A los estadounidenses les gusta comprar cosas y no tienden a permanecer pesimistas mucho tiempo.
Una reciente encuesta de Gallup arrojó que la confianza de los consumidores aumentó ligeramente tras la elección. Con base en la historia reciente, resulta fácil imaginar que la tendencia proseguirá y el gasto repuntará pronto.
No obstante, si acaso el último año ha demostrado algo, es que no debemos dar por hecho que algo no puede ocurrir simplemente porque no ha ocurrido recientemente.
Empecemos con el mercado laboral. “Ya luce en peor estado que en cualquier momento de las recesiones de principios de los 90 o inicios de esta década”, indica Lawrence Katz, ex economista en jefe del Departamento del Trabajo.
El desempleo es superior a lo que sugieren las cifras oficiales y sigue al alza. Tras mantenerse a duras penas al nivel de la inflación durante la última década, los ingresos de la mayoría de las familias están ahora en declive.
Entre los 50 y los 80, los estadounidenses gastaban casi 91% de sus ingresos y ahorraban el resto.
Estos últimos años, han gastado cerca de 99% y ahorrado sólo 1%. Esto tiene que cambiar. Por un lado, la gente necesita liquidar sus deudas. Por otro, la psicología del gasto y el ahorro podría cambiar.
Después de hacer frente a la peor crisis inmobiliaria registrada en la historia y uno de los tres mercados bursátiles más bajos en los últimos 100 años, los estadounidenses empiezan a darse cuenta de que no siempre pueden recurrir a valores de casas o títulos bursátiles.
Los economistas intentan ahora pronosticar qué tan rápidamente empezará la gente a ahorrar, pero se trata de un ejercicio en conjeturas.
Un nivel de ahorro de alrededor de 3% luce creíble y es lo que algunos anticipan.
El gasto de consumo caería casi a 1% el próximo año. Comparado con los incrementos típicos de los últimos años, representaría una pérdida de gasto de consumo de 400.000 millones de dólares. Para encontrar un paquete de estímulo tan cuantioso, sería necesario viajar a Pekín.
Como explica Joshua Shapiro, de la compañía de investigación económica MFR, el consumidor estadounidense ha dejado de ser la mayor fuerza de la economía mundial para convertirse en su eslabón más frágil.