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Miró, asesino en serie de convenciones artísticas

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Los Dos Filósofos, 1936 (arr.), y Pintura (Cabeza), 1930, son ejemplos de los esfuerzos de Joan Miró por “asesinar la pintura”.
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Noviembre 23, 2008

Amputar la tradición, torturar al pasado y aterrorizar al presente. El impulso de destruir fue parte de lo que hizo del arte moderno el movimiento guerrillero que fue.

Así que en 1927, cuando Joan Miró dijo: “Quiero asesinar la pintura”, no decía nada nuevo.

Lo nuevo fue la manera en que realizó su tarea. Ese proceso es el tema de Joan Miró: Painting and Anti- Painting 1927-1937 (Joan Miró: pintura y anti-Pintura 1927-1937), una exposición fascinante, vigorizante y (Miró se moriría) hermosa, en el Museo de Arte Moderno de Nueva York.

Ilustra, paso a paso, exactamente cómo es que Miró acosó y atacó a la pintura, destruyó sus convenciones, desbarató su historia y estropeó su valor en el mercado, a través de 12 grupos distintos de obras experimentales producidas a lo largo de una década. Clara y cronológica, la muestra se lee como una combinación de historia de espionaje y thriller psicológico en una docena de capítulos. En 1927, Miró, quien nació en Barcelona, tenía 34 años de edad.

Era un artista exitoso y aficionado al surrealismo. Sin embargo, tenía un temperamento inquieto y vivía en una época provocativa.

Los acelerados 20 ya bajaban el ritmo y el clima político se volvía tenso. El surrealismo, descubrió, tenía limitaciones. Estaba listo para un cambio radical en el arte, pero se dio cuenta de que tendría que crearlo él mismo. Decidió que tomaría la forma de un crimen. La pintura tendría que llegar a su fin.

Sería él quien atestara el golpe. ¿Cómo empezar? Con la disección, lo que involucraba desarmar la pintura, pieza por pieza, y deshacerse de elementos esenciales.

Esto es lo que vemos que sucede en las siete pinturas abstractas austeras que abren la exhibición, todas producidas en París, entre enero y mediados de febrero de 1927. Las imágenes se ven bastante intactas, con sus frases escritas a mano y nubes llenas de puntos, hasta que uno se da cuenta de que algo falta: pintura, a excepción de una cantidad mínima. La mayor parte de cada obra es lienzo sin tratar, intacto.

Un año después, Miró se deshace de otra cosa: la técnica. El panel de madera usado como soporte en una pieza titulada Bailarina Española I está cubierto con una hoja de papel de color. Un pequeño rectángulo de papel de lija está clavado sobre él.

Pegado a la lija hay un pequeño recorte con la imagen de un zapato de mujer. Eso es prácticamente todo: no hay pintura, casi no hay imagen, casi no hay artista.

Luego, en una tercera serie, el pintor ataca con todo para echar abajo la historia del arte. En una obra titulada Interior Holandés, Miró toma una imagen de un hombre que da serenata a su amada, de una pintura del siglo XVII, y la convierte en un hostil choque de formas hinchadas y deformes. Mientras Miró continuaba obstinadamente su ataque al arte en los 30, el mundo lo asediaba a él.

El fascismo iba en aumento por Europa. Los sucesos que llevarían a la Guerra Civil española se estaban gestando. En esa época vivía en el pueblo catalán de Montroig, un refugio favorito, aunque su inquietud aumentaba. Y conforme crecía, regresó a la pintura como en busca de tierra firme.

En otoño de 1934, concluyó una serie de 15 obras extraordinarias de pastel sobre papel, la mayoría de figuras extravagantemente sexualizadas con el ceño fruncido, con colores tan chillones y tan amorfas que parecen llagas supurantes y cánceres ambulantes.

Fueron seguidas por pequeñas pinturas narrativas, como Los Dos Filósofos. Su diminuta escala y enérgico color les dan la atractiva inocencia de las ilustraciones de cuentos de hadas. Sin embargo, no son dulces ni inocentes: son escenas de batalla de un infierno psíquico.

Sólo emprende una arremetida asesina más contra la tradición, en una serie de pinturas sobre paneles de masonita, en 1936. El ataque es físico y se percibe como un poco desesperado. En muchas formas, esta serie lo lleva de vuelta a 1927.

Las imágenes son abstractas; deja la superficie de masonita casi intacta. Sin embargo, lo que añade ha cambiado: manchas de óleo, sustancias que parecen vómito y trozos de alquitrán y tierra de apariencia fecal. Además, hace cortes en la superficie, apuñalando, haciendo hoyos y dejando surcos profundos y cicatrices astilladas.

En ese momento, con España en caos, se va a París. La última pintura de la exhibición fue hecha ahí. Titulada Naturaleza Muerta Con Zapato Viejo, es un oleo sobre tela convencional, en estilo semirealista, con un tema tradicional.

La misión de destrucción se acabó y la pintura sobrevivió y ganó. El Miró como maestro de la pintura, el artista nuevo y extrañamente adorable de fama popular, más o menos comienza aquí.


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