En las profundidades de la selva, el coronel se encontraba sentado en la cima de su gran montaña de mineral.
En Bisie, todo el mundo sabe que el coronel Samy Matumo, jefe de una unidad rebelde del Ejército que controla el territorio rico en minerales del este de Congo, es dueño y señor de todas las colinas hasta donde alcanza la vista.
Columnas de hombres, doblados bajo costales de mineral de estaño de 50 kilos, emergían del tiro de la mina del coronel. Había sido perforado a una profundidad de casi 200 metros en la montaña con herramientas propias de la Edad de Hierro. Los cargadores transportan el mineral sobre sus espaldas casi 50 kilómetros, un recorrido de dos días que los lleva a través de un laberinto de fango resbaladizo hasta la carretera más cercana y un mundo que espera impaciente las computadoras laptops y demás aparatos electrónicos que el estaño ayuda a fabricar.
Oficialmente, los derechos de explotación de la mina pertenecen a un consorcio de inversionistas británicos y surafricanos que promete convertir la operación peligrosa y explotadora en símbolo seguro y moderno de prosperidad para Congo.
Sin embargo, en la práctica, los empleados del consorcio no pueden siquiera pisar la montaña. Como una mafia, Matumo y sus hombres extorsionan, gravan e incautan a su antojo, agotando la extensa empresa con un valor anual de hasta 80 millones de dólares.
La explotación de la montaña de Bisie es emblemática del fracaso para reformar al inmenso Congo tras numerosos años de tiranía y guerra, así como del papel mortal que han desempeñado las enormes riquezas de la nación africana en su miseria. Así es la maldición de los recursos africanos: la riqueza es extraída por los pobres y controlada por los fuertes, para ser vendida a un mundo que suele preocuparse poco por su origen. Ninguna carretera lleva a Bisie.
El poblado oculto de 10.000 habitantes se encuentra al final de un sendero sinuoso y fangoso de casi 50 kilómetros que atraviesa la densa selva ecuatorial.
Al inicio del sendero, un soldado fornido exige el pago de 50 centavos de dólar a cada persona que sigue el estrecho camino a la mina. En el otro extremo, al pie de la montaña, otra multitud se forma a la entrada a Bisie. Cargadores exhaustos esperan que soldados inspeccionen su carga y les extraigan otro tributo.
El precio asciende generalmente al 10% de la mercancía y el efectivo entrantes.
Las riquezas de Congo han desempeñado un papel protagónico en el caos y el conflicto que ha vivido en la última década y que ha costado la vida a hasta 5 millones de personas, la mayoría de ellas víctimas de hambruna y enfermedades.
Un acuerdo de paz puso oficialmente fin a la guerra en el 2003 y comicios celebrados en el 2006 le dieron a Congo sus primeros líderes electos democráticamente en más de cuatro décadas.
Y, en numerosas regiones del país, la vida regresa lentamente a la normalidad. No obstante, en Bisie, en el borde oriental de Congo, la guerra nunca terminó del todo. En su capítulo más reciente, los combates entre tropas gubernamentales y Laurent Nkunda, general rebelde, han obligado a cientos de miles de civiles de Congo oriental a huir y llevado a la nación al borde de una nueva guerra regional.
Las ganancias de minas como la de Bisie, así como los cobros ilegalmente recaudados en las carreteras y cruces fronterizos, ayudan a financiar las actividades de virtualmente todos los grupos armados de la región. De acuerdo con el cálculo de un funcionario congolés de inteligencia, los milicianos se embolsan entre 300.000 y 600.000 dólares al mes gracias sólo a los impuestos ilegales, sin incluir el dinero procedente de la mina de estaño.
En el 2002, un cazador encontró trozos de mineral de estaño, conocido como casiterita, en las laderas de una montaña ubicada en las profundidades de la selva de Congo oriental. Casi de la noche a la mañana, llegaron hordas de mineros.
Grupos armados libraron batallas campales por el control del área. En el 2004, un grupo de milicianos Mai Mai, encabezado por Matumo y aliado con el Gobierno, asumió el dominio de la zona.
Una compañía llamada Mining and Processing Congo adquirió los derechos de búsqueda del mineral de estaño en la mina, en el 2006. Sin embargo, la milicia ha impedido todo acceso a la compañía, al disparar contra su helicóptero y expulsar a sus representantes del lugar. Brian Christophers, director general de la compañía, indicó que ésta estaba dispuesta a ayudar a financiar no sólo una carretera de acceso a la mina, sino también
escuelas, clínicas y una planta hidroeléctrica. También prometió invitar a agencias gubernamentales a hacer cumplir estándares laborales. Sin embargo, nada de esto ha sido posible.
De hecho, algunos trabajadores se muestran recelosos de los proyectos de la compañía, temerosos de que una carretera deje a miles de cargadores sin trabajo y que la mecanización de la explotación minera reduzca drásticamente el empleo en Bisie. La milicia ha convencido a algunos trabajadores y funcionarios locales de que la compañía dejará a sus habitantes con las manos vacías.
Los trabajadores laboran arduamente en túneles de una profundidad de hasta 180 metros, cavados a mano y frágilmente apuntalados con postes de madera. Algunos de los trabajadores son niños, particularmente durante el verano, cuando padres de familia desesperados mandan a sus hijos varones a ganar dinero para los gastos escolares del siguiente año.
Los túneles están como boca de lobo, son sumamente angostos y a menudo se llenan de gases nocivos.
Los mineros trabajan a veces 48 horas seguidas en estos túneles. Los pozos abiertos también tienen sus peligros: las fuertes lluvias provocan deslaves y derrumbes. Desplomes, deslaves y gases matan y mutilan a un número desconocido de trabajadores cada año.
Después de que los cargadores transportan los costales, que a menudo tienen un peso superior al suyo, el mineral llega a manos de intermediarios instalados a lo largo de la carretera principal. Uno de estos intermediarios, Bakwe Selomba, indicó que no le molestaba pagarles a los milicianos porque ese pago garantizaba su inversión.
“Honestamente, nos conviene que estén allí”, explicó al respecto. “Puedo mandar a mis compradores por la selva con los bolsillos llenos de dinero y, mientras paguemos el impuesto, nadie les pondrá un dedo encima. Es nuestra protección”.
El mineral de estaño congolés representa una parte relativamente pequeña del mercado mundial pero, en los últimos años, las reservas están tan limitadas que esfuerzos por detener la explotación minera en Bisie han provocado fuertes alzas de precio. Este año, el Gobierno intentó clausurar la mina, pero fue reabierta poco después por las autoridades locales, temerosas del costo económico y político que tendría dejar desempleados a miles de mineros y cortarle el flujo de liquidez a un incontrolable jefe militar rebelde.
En mayo, los senadores estadounidenses Sam Brownback, de Kansas, y Richard J. Durbin, de Illinois, introdujeron una propuesta de ley destinada a requerir la certificación de los minerales procedentes de Congo. “Sin saberlo, decenas de millones de personas en Estados Unidos pueden estar poniendo dinero en los bolsillos de algunos de los peores infractores de los derechos humanos en el mundo, simplemente al utilizar un teléfono celular o una computadora portátil”, declaró Durbin entonces.
Casi ninguno de los trabajadores aislados y endeudados de Bisie sabe para qué se utiliza realmente el estaño.
“Es oro”, gritó Makami Kimima, de 18 años de edad, que acudió a la mina para ganar dinero y volver a la escuela pero, en lugar de ello, terminó endeudado. Sus colegas mineros se burlaron de su ignorancia.
“Es algo como el oro”, rectificó, humillado. “Se va a Estados Unidos. Y China. Vuelve rica a la gente”.