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Tiempo para la reflexión en La Habana

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Noviembre 23, 2008

La Habana, Cuba Si hay un lugar en el mundo que no haya sido tocado por la crisis financiera mundial, es la Cuba de Fidel Castro. Ahora que se acerca el 50 aniversario de la revolución que le llevó al poder el 1 de enero de 1959, Fidel sigue dirigiendo su experimento socialista en silenciosa decadencia.

El estrés habita las sociedades conectadas del capitalismo moderno. Desde Hong Kong hasta Houston, la presión por tener más apenas da un respiro.

Puesto que no hay mucho que tener en la alicaída Cuba, esa angustia no existe. En su lugar se cierne la depresión de los días desocupados.

La albañilería decae en la encantadora Habana. La pintura se desconcha. El Atlántico golpea el Malecón, probablemente el paseo marítimo más bello del mundo, lanzando erupciones de agua pulverizada sobre el muro de granito. La gente tiene la mirada distraída. Sus minúsculos salarios dan para poco. No hay incentivos para trabajar más.

La conversación es el único producto que prospera mientras la ciudad se desmorona.

General Motors, Citigroup, AIG y la llorada Lehman Brothers son nombres muy lejanos para Cuba, donde la gloria pasada de Detroit se muestra en forma de Pontiacs y Studebakers de los años cincuenta, con sus extravagantes aletas y sus formas titánicas. A falta de carros nuevos, los cubanos han creado su propio museo de automóviles estadounidenses.

Y también, pagando un alto precio por ello, han proporcionado a nuestro acelerado mundo un lugar con un poco habitual silencio en el que poder reflexionar. En Cuba no hay ningún recargamiento visual.

Claro que hay incontables exhortaciones a defender la gloria del socialismo que embadurnan las paredes y se anuncian a bombo y platillo en las vallas publicitarias, pero hay paisajes sin anuncios que permiten descansar la vista. La vida sin marcas existe, después de todo.

Por la autopista de ocho carriles que atraviesa la isla, cuya construcción se inició con ayuda soviética y luego se dejó a medias cuando se hundió la Unión Soviética, pasan tres autos cada dos minutos. Hay un gran vacío que se dilata. Esta ausencia casi insondable es un signo del fracaso de Cuba. La vida es muy dura para la mayoría de los cubanos. Pero también está lejos de ser libre, y eso no puedo aceptarlo. Sin embargo, en un momento en que Occidente está, de un modo u otro, evaluando el alto precio de sus excesos, me siento más indulgente hacia el achacoso Fidel de lo que nunca creí posible.

Su obstinado empeño en aferrarse a una idea pasada de moda ha llevado a muchos cubanos a huir, y a muchos más a la miseria.

La economía cubana no tiene sentido. Pero la obsesión de Fidel también ha inculcado algunas formas de orgullo, civismo, altruismo, educación y humor que están entretejidas en el deshilachado tejido de la vida cubana y son la clave de su extraña capacidad de resistencia.

Comprendo a todos los cubanos que desean escapar de esta hermosa isla. Pero le doy las gracias a Cuba por permitirme pulsar el botón de pausa. Todos lo necesitamos de vez en cuando.

La impresión de verse inmerso en la congelada semi-vida de La Habana sólo es comparable a la impresión de salir de ella.

El peligro que acecha en este ataque generalizado a nuestros sentidos, esta insaciable exacción a nuestro propio ser, es el de la deshumanización. Ahora que la fiesta de los créditos fáciles se ha terminado, la gente consume menos y reflexiona más.

En esta época de dudas, Cuba no ofrece respuestas. Pero es provocadora. El reverso de la humanidad angustiada en su fracaso material es la inhumanidad del exceso material.


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