En teoría, el siglo XXI se caracteriza por amenazas del siglo XXI, como las redes terroristas globales y los sofisticados ataques cibernéticos.
En muchos lugares, sin embargo, los problemas son más familiares, provincianos y anticuados: tráfico de drogas, prostitución, secuestros y corrupción, todas las características de la mafia.
En los países en vías de desarrollo, la corrupción prospera gracias a la inestabilidad.
Pero puede resultar difícil de erradicar hasta en los lugares más prósperos y bien regulados.
En Japón, por ejemplo, los grupos criminales conocidos por el nombre de yakuza son tolerados como reguladores de apuestas, así como en el comercio sexual y otras empresas oscuras, siempre y cuando no alteren el orden. Los habitantes de la ciudad de Kurume, sin embargo, protestaron cuando una guerra interna del grupo Dojinkai, la yakuza local, derivó en enfrentamientos armados en plena calle. Como informó Norimitsu Onishi en el Times, más de 600 vecinos alarmados se presentaron hace poco en la corte para tratar de desalojar al Dojinkai de su sede de seis pisos en Kurume.
Ese tipo de acción civil es menos probable en un país como Bulgaria, donde se calcula que la influencia de la mafia infecta el sistema legal. Iva Pushkarova, abogada y directora ejecutiva de la Asociación de Jueces de Bulgaria, le dijo a Doreen Carvajal, del Times, que los abogados conocían bien a los jueces que tenían vinculaciones con delincuentes.
“¿Cómo lo sabemos?”, dijo
Pushkarova. “Están relacionados por matrimonio o por vinculaciones comerciales con los jefes del crimen organizado. Son vecinos”.
En algunas partes de México, los grupos criminales, alimentados por el auge del tráfico de drogas, se diversificaron y también se dedican a los secuestros extorsivos. Las familias ricas del país respondieron contratando ejércitos de guardaespaldas, comprando ropa de marca hecha de material a prueba de balas y, en algunos casos, abandonando el país.
“Hay un éxodo, y todo se debe a la inseguridad”, le dijo Guillermo Alonso Meneses, un antropólogo del Colegio de la Frontera Norte de Tijuana, a Marc Lacey, del Times. “Se generó una psicosis. La gente tiene miedo de que la secuestren o la maten”.
Pero en lugares en los que el gobierno tiene poca presencia, cualquier cosa que esté organizada puede parecer una bendición, hasta el crimen. Basta con pensar en los audaces piratas de Somalia: mediante la captura de barcos de carga de las muy poco patrulladas aguas del Océano Índico –hace poco secuestraron un gigantesco buque cisterna saudita-, crearon un lucrativo negocio que consiste en cobrar rescates en una región que carece de oportunidades.
“La verdad es que para nosotros es mejor que estén aquí”, dice Bakwe Selomba, un comprador de mineral. “Puedo mandar a mis compradores a atravesar la selva con gran cantidad de dinero y sé que nadie los va a tocar siempre y cuando paguemos el impuesto”. La yakuza también proclama que impulsa la estabilidad en Japón.
Pero en Kurume, Nobuyuki Shinozuka, que tiene 54 años de edad y preside el Dojinkai, se mostró filosófico respecto de la demanda judicial contra su grupo, así como del lugar del crimen organizado en cualquier sociedad.
“Depende del Estado”, le dijo a Onishi. “Si el Estado considera que ya no nos necesita, puede aprobar una ley que proscriba la yakuza. Pero si siente que hay algún plano en el que nos necesita, entonces encontraremos la forma de sobrevivir”.