…y te diré quién eres. ¿Se podrá parafrasear así el muy conocido refrán que apela a cuánto nos representan nuestras amistades? ¿Parte o mucho de cada uno de nosotros se irá quedando en los libros de nuestra preferencia?
Este pensamiento me viene a la cabeza mientras avanzo en las páginas de El libro negro, de Andrés Caicedo, el escritor caleño al que ya me refiriera en artículo anterior, que recoge sus impresiones de lectura minuciosamente escritas luego de cada una de ellas. En el prólogo de la edición de Editorial Norma –en realidad, la única– se nos informa que los libros reposan en la biblioteca Luis Ángel Arango, donados por la familia recién en el 2007 (cuando el autor murió en 1975) y se nos lleva a admitir que “cada libro cuenta una historia y todos juntos forman parte de una vida y una obra”. Así, se van conociendo sus opiniones, y aunque no coincidamos con algunas de ellas, aprecio la voraz pasión lectora de Caicedo y su disciplina para referirse a 178 títulos. Cuando redactó esas notas no pensaba en publicarlas.
Creo que las bibliotecas personales tienen etapas y fases. Casi siempre provienen de una herencia, los libros de nuestros mayores pronto cambian de puesto y se nos ponen cerca porque en ellos abrevamos la sed inicial. El buen bibliómano empezó a buscar por propia iniciativa y pronto, sus piezas fundamentales. En esa etapa se bifurca la línea de adquisición: los libros de elección personal y los que tienen que leerse porque los maestros lo exigen. Luego vendrá el periodo de consumo académico porque está ligado a una profesión libremente elegida en la mayoría de los casos. De allí en adelante, se pasa de la necesidad al placer, de la curiosidad imperativa al deseo de actualización. Y de título en título, la biblioteca personal va dando cuenta de nuestra personalidad.
Y al momento de ligar bibliotecas con personas concretas me salen al paso importantes evocaciones. Todos los intelectuales sabemos, por ejemplo, que en la enorme colección de Carlos Calderón Chico, rica en historia, política y literatura, encontramos siempre un puesto para investigar. Recuerdo la selecta selección de Carlos Domínguez, maestro fallecido en 1986 y que quiso constituir la base de una Fundación Cultural que llevaba su nombre. Se quedó en la intención; parte de ella fue donada a la Universidad Católica, alguna mano artera llevó antes, preciosas ediciones a las librerías de viejo. La biblioteca de Erwin Buendía, otro gran hombre que se fue prematuramente, hoy está a disposición de los lectores en la Universidad Casa Grande.
Mi biblioteca es mi mayor tesoro. Me acompaña más que los seres humanos, me ha aportado los pilares de mi trabajo, de mis valores, de mis luchas, los motivos de conversación, nuevos caminos en pedagogía, en comunicación, filosofía y arte. Pero por encima de todo, me liga al idioma español como mi más grande patrimonio espiritual y cultural, así como me ha llevado por las cumbres del pensamiento. Contiene desde cómics, pasa por cuentos de hadas, por novelitas de Corín Tellado, es fuerte en literatura ecuatoriana, en teoría literaria, en lingüística.
Aunque ya no tengo espacio para que siga creciendo, sé que no la puedo detener porque tiene vida propia. Me sobrevivirá.