Leía, en días pasados, que el Consejo Nacional de Aviación Civil debe resolver sobre la petición realizada por la aerolínea LAN de operar en el mercado interno ecuatoriano, básicamente en la ruta Quito-Guayaquil, lo que a su vez ha originado una fuerte oposición por parte de las aerolíneas locales, las cuales, basándose en diversos motivos, rechazan la pretensión de LAN.
Exactamente lo mismo ocurrió hace algunos años cuando la aerolínea chilena trató de ingresar con vuelos internos en Argentina, lo que finalmente consiguió para alivio de la mayoría de pasajeros argentinos.
Precisamente, era Aerolíneas Argentinas, una empresa que siempre ha estado sujeta a problemas económicos, laborales y de seguridad, la que con mayor énfasis se oponía al ingreso de LAN al mercado interno argentino. En ocasiones, las experiencias hay que vivirlas para poder contarlas. Viajaba el año pasado en un vuelo de Aerolíneas Argentinas desde el sur de ese país a Buenos Aires, cuando faltando una hora aproximada para el aterrizaje, el capitán del avión comunicó que el vuelo estaba declarado en emergencia y que por lo tanto habría que hacer un aterrizaje imprevisto en Bahía Blanca, una ciudad costera ubicada a kilómetros de la capital.
Inevitablemente y gracias a la poca pericia de las azafatas de ese vuelo, se armó un verdadero caos en el interior de la cabina, la gente gritando, otros llorando, algunos consolando, pero todo esto sin tener la más remota idea del desperfecto que tenía el avión. En medio de tanta confusión, oí que una señora expresaba “¿por qué diablos vuelo en esta aerolínea?”. Finalmente, el avión aterrizó en Bahía Blanca para tranquilidad de todos los viajeros y aunque nunca se señaló cuál fue el desperfecto que habría sufrido el avión, pudimos enterarnos que se había quedado sin radar. Luego de cerca de nueve horas de permanecer en Bahía Blanca, llegó otro avión que finalmente nos trasladaría a Buenos Aires. Esa experiencia me llevó a ratificar la importancia de los márgenes de seguridad y mantenimiento de las aerolíneas comerciales, pero también a la certeza de que existe muy poca información disponible que permita al usuario conocer qué tan confiables son los aviones en los cuales uno se embarca.
Volviendo al caso de Ecuador, sería importante que la Aviación Civil, al margen de todas las presiones que de una u otra parte puedan existir, así como de los intentos para conservar monopolios en frecuencias aéreas, tome su decisión basándose en una serie de lógicos parámetros, entre los cuales debe destacarse el nivel de seguridad con el que aquí se vuela, en ciertos casos en aviones con muchos años de servicios. Para quienes tengan alguna duda, sería interesante revisar las calificaciones internacionales respecto a calidad de servicio, mantenimiento y seguridad aérea, las que generalmente toman en cuenta la opinión de los usuarios. En el aire, uno alcanza a comprender la diferencia entre un vuelo seguro y otro que no lo es, generalmente demasiado tarde.