¿Cuándo comenzamos, como pueblo, a irrespetar las leyes? ¿Cuándo empezamos, como gobernantes, a manosear la Constitución? ¿Cuándo iniciamos, como funcionarios, la mala práctica de darle la vuelta a las cosas para decir que todo es relativo, aproximado o referencial? ¿Cuándo, como ciudadanos, nos despreocupamos de los temas que atañen al manejo del Estado? Hago estas preguntas porque en los tiempos que corren nada se cumple, los plazos se vulneran, y hasta la propia Ley Fundamental, recién aprobada con bombos y platillos hace apenas treinta días, ha sufrido ya tempranas y groseras violaciones, lo que hace suponer que esos comportamientos no deben ser producto de conductas recién inventadas, porque de lo contrario la mayoría de ciudadanos se rebelara y protestara. Pero la gente desgraciadamente se ha acostumbrado al abuso, al atropello, a no ejercer sus derechos, a tal punto que son pocos los que alzan la voz y censuran los hechos. ¿Cuándo nos volvimos así, democráticamente indolentes?
Pero cualquiera que sea el día en que nació esa fea figura de saltar controles o burlarse de ellos, o simplemente eliminarlos, eso debe terminar. No es posible vivir en una sociedad en que las reglas no se respeten, en la que no exista –como dijo Rafael Correa– el Estado de Derecho, pero no solo por no tener Corte Suprema sino porque precisamente varios de los altos estamentos de la República son los primeros en desconocer lo que la Constitución y las leyes disponen, aplicando interpretaciones antojadizas allí donde no caben.
Por ejemplo, se sigue insistiendo en prorrogar las funciones de los ex supremos magistrados (y para el efecto se han reunido los propios jueces defenestrados con algunos comisionados miembros del ‘Congresillo’ y otros tantos ministros) entusiasmados con la posibilidad de aprobar una ley que prorrogue las funciones de aquellos, pero la ciudadanía absorta se pregunta ¿cómo es posible prorrogar esas funciones si el artículo 21 de Régimen de Transición, que según los mismos actores es parte integrante de la Ley Fundamental, dice que han terminado sus períodos? ¿Es posible revivir, sin reformar la Constitución, lo que está legalmente muerto? ¿Les importa las normas constitucionales a esos altos personajes que analizan y discuten –con el ceño fruncido, muy serios y muy compuestos– si son capaces de irrespetarlas sin que se les mueva un solo músculo de la cara?
Adicionalmente, 1) el ‘Congresillo’ rehúye su obligación de elegir a los miembros del Consejo de Participación Ciudadana y Control Social, y 2) el flamante Consejo Nacional Electoral interpreta que el Presidente de la República que se elija en el 2009 no debe posesionarse el 24 de mayo como lo manda la Constitución porque dizque el artículo primero del Régimen de Transición dice otra cosa, lo cual no es verdad, a lo que hay que agregar que la autodenominada Corte Constitucional seguirá haciendo de las suyas ante el silencio antidemocrático, que demuestra complicidad, de todos los estamentos del Estado, incluyendo a la Fiscalía General.
Lo desagradable de todos estos hechos es que los actores, supuestamente democráticos, crearon expectativas populares que una vez más se han visto defraudadas. Nuevamente hay ciudadanos en posturas políticamente estelares que se han servido de la democracia en beneficio de sus intereses personales en vez de ellos servir a nuestra endeble democracia, la que por desgracia ha sido entendida y practicada siempre con la aberración de que la mayoría tiene todos los derechos mientras que la minoría ninguno, lo cual es errado y perverso. Los hechos nos demuestran que cuando los vencidos de ayer son los vencedores de hoy, nada cambia, salvo los rostros, las costumbres, los modales o las apetencias, lo cual es tremendamente frustrante.
¿Es eso una democracia? ¿Del griego demos=pueblo y cratos=poder? ¡Por favor!