viernes 21 de noviembre del 2008 Columnistas

Arquitectura y urbanismo

La reciente incorporación de arquitectos y urbanistas de la Universidad de Guayaquil fue la más nítida oportunidad pública para entender cómo nuestra alma máter lleva por buen sendero la innovadora actitud de acercamiento estrecho con la colectividad.

Es decir que se comprende la parte de vida o muerte, que el urbanismo tiene en el inmediato momento y en el futuro de nuestra sociedad asediada por dificultades y conflictos que la llenan de tensión amenazando su equilibrio.

Coincidieron, en tal sentido, las opiniones del rector de la Universidad, decano, subdecano y del mejor graduado.

Evidentemente, nos movemos por energías emotivas que nos llevan a estimar y hasta reclamar armonía, belleza, humanismo en nuestro ambiente.

Si el medio está deteriorado, al arquitecto y al urbanista así como al ecologista les toca recibir una formación que contribuya a restaurar el ambiente material, natural y social donde estamos.

No hay clave más diáfana que esta para encontrar la estatura de la nueva universidad obligada a la excelencia.

De esta manera las autoridades universitarias entregaron una promoción de artistas rigurosamente tecnificados para que, evocando a sus profesores de hoy, construyan el mejor Guayaquil de mañana.

El trabajo colectivo de la Facultad Cubillo Renella puso en evidencia que la sabia generación de maestros en especialidades y la juventud hecha para el futuro se entendieron a la perfección. Así se vuelven más fructíferos los cursos de especialidad. Fructíferos y libres.

Llevar la Universidad al torrente vigoroso de nuestras sociedades rurales y urbanas tiene algunas décadas de vigencia. De esta manera se ha dado técnica y perfección a obras públicas en cabeceras cantonales del país o a las metrópolis necesitadas de orden, funcionalidad y belleza.

El amor al paisaje es parte del amor a la vida, del amor a la naturaleza que en toda persona crea una resonancia estética como hechizo que engrandecerá la construcción que emprenda. Es que somos emoción y voluntad, fuentes enérgicas del amor.

Por eso no dejemos de evocar la grandeza genial y poética de un maestro mundial de la arquitectura moderna: Frank Lloyd Wright.

Y con el genio, acompañar la memoria de maestros ecuatorianos que hasta hoy son espíritu y acción en clases de nuestra alma máter.

En lo que concierne a Guayaquil se ha entendido que la arborización debe imponerse con suma urgencia en vista de que el odio al árbol o la ligereza con que se lo derriba agravan la escasez de oxígeno, el abuso del ruido, la fealdad de todo cuanto queda cuando se ha destrozado el verdor y la salubridad de los árboles.

No permitamos que los políticos nos enfermen al volver feo al ambiente.

Hasta para la salud diaria de nuestra gente, que merece orientación, el urbanismo que propicia la Universidad de Guayaquil es altamente meritorio. Reconozcamos aquel logro en un medio que está enfermo porque se magnifica lo feo, lo negativo y lo odioso. Necesitamos más salud mental. Y para este fin, hay que rodear a la gente de belleza, luz y confianza por todo entorno.

Lo indicado adquiere más importancia cuando los informes científicos sujetos a una próxima verificación, indican que los urbanistas tienen que tomar en cuenta los peligros que Quito y Guayaquil sufren por el bombardeo de rayos ultravioleta debido al adelgazamiento de la franja atmosférica ecuatorial.
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