Una de las transformaciones más trascendentes en Macondo –el mítico pueblo fundado por la imaginación de Gabriel García Márquez– se produce cuando la compañía bananera norteamericana arriba con un gran impulso de modernización. Lo más notable es la aparición de una urbe paralela, la de los gringos, “un pueblo aparte… con calles bordeadas de palmeras, casas con ventanas de redes metálicas, mesitas blancas en las terrazas y ventiladores de aspas colgados en el cielorraso…”. La economía y la sociedad empiezan a girar alrededor de este fabuloso emplazamiento urbano. Las fuentes de trabajo creadas por la compañía bananera atraen a propios y extranjeros y los artesanos y campesinos, que ejercían actividades independientes, son absorbidos por los destellos de la ciudad de los gringos.
Encandilados por los anuncios de progreso y redención, todos dejan sus antiguas ocupaciones para instalarse en este lugar de promisión. Agradecen los adelantos tecnológicos y experimentan con júbilo el tiempo de esplendor. Pero, frente a las injusticias de la explotación de la bananera, los trabajadores se declaran en huelga y son reprimidos sin piedad por el ejército. La compañía decide dejar Macondo, desmantela sus instalaciones y, con ello, inaugura una nueva decrepitud del poblado invadido por la hojarasca. A comienzos de esta semana, un noticiero televisivo presentó un reportaje del Montecristi pos-Constituyente. Para esos habitantes manabitas, Ciudad Alfaro fue un sueño de corta duración; ellos, que pensaron aprovechar una oportunidad histórica para mejorar los niveles de su vida comunitaria, han visto fracasar sus expectativas.
En Montecristi muchas calles siguen sin estar pavimentadas y varios barrios aún esperan el alcantarillado y el agua potable ofrecidos. No venden nada quienes se prepararon para ofrecer comidas y artesanías pues el motor que pusieron en Ciudad Alfaro se ha apagado. Todo quedó como antes, los hostales vacíos. Ellos sienten que no hubo un cambio estructural y que les llegó apenas una modificación cosmética y temporal. ¿Les interesará este desastre a los políticos asambleístas que, apoltronados ahora en mullidos sillones capitalinos, fueron a Montecristi para alborotar a una población que continúa padeciendo tanta dejadez como antes de la Constituyente? ¿No estaba la cuna de Eloy Alfaro, referente simbólico y ciudad real, destinada a confirmar que los más necesitados, por fin, iban a gozar de mejor calidad de vida?
Cuando los gringos abandonaron Macondo, sin que les importara un bledo el destino de sus habitantes, la ciudad empezó a decaer hasta convertirse en “un pueblo muerto, deprimido por el polvo y el calor”. Solo quedaron la misma frustración de siempre y las ilusiones quebradas. En Montecristi, hasta la colina donde se alza el edificio de la Asamblea corre peligro de irse cuesta abajo en un deslave. No es posible que la revolución del siglo XXI produzca similares efectos que los de la avanzada capitalista colonizadora del imperialismo norteamericano. ¿O debemos esperar del Gobierno y del Congresillo que los cambios sean efímeros y que respondan a pura propaganda del régimen donde el maquillaje prima por sobre las modificaciones estructurales? El nuevo país no puede ser así de pasajero. La patria de todos no debe cubrirse de hojarasca.