Es de noche y el guayaquileño de a pie vuelve a su casa, en algún barrio de clase media, al cabo de un día completo de ganarse el pan, como manda la Biblia. Su trabajo consiste en actividades muy diversas, desde un empleo formal en alguna empresa seria, con todas las garantías de ley, hasta alguna horrible manera de subsistir, soportando a un negrero que te vigila o a unos acreedores que te quieren muerto.
A este hombre le resulta cada vez más difícil cumplir con sus obligaciones de padre. Las cosas no van bien, aunque los últimos años el petróleo y las remesas nos dieron una mano. Pero esta momentánea estabilidad ha venido acompañada de una brutal paliza en la Católica contra los hijos del guayaquileño, de atropellos en las calles, de insultos contra todos, de la falsa acusación a la ciudad de que esta es una cuna de mafiosos y de que vivimos de las rentas de compatriotas de otras regiones. Y todo eso provoca incertidumbre, miedo.
Nuestro hombre llega a su casa conociendo todo esto, pero debe mostrarse fuerte e infundir a los suyos la esperanza de que quizás mañana las cosas vayan mejor.
Así que este hombre se sienta y mira la televisión mientras su esposa sirve lo que pudo preparar. De ese modo ambos se enteran de que medio centenar de empresarios de Guayaquil, los más poderosos, almorzaron con Rafael Correa.
¿Saldrá algo bueno de allí?, se preguntan. Quizás. Ojalá que Gobierno y empresarios se pongan de acuerdo en algo de beneficio para todos; entonces habrá más empleos, o al menos no se perderán tantos puestos de trabajo.
A lo mejor coordinan por fin su actividad la Policía y la ciudad para que no se asalte y mate a tanta gente.
Nuestro hombre no quiere ser pesimista, por eso se guarda por dentro la incomodidad de que se haya producido un diálogo que realmente no lo fue. Porque se dialoga entre iguales. No hay diálogo si hoy te mando a la casa de la v… y mañana para conversar te impongo que ni siquiera menciones el maltrato que recibiste. Probablemente defender los derechos humanos, la democracia, a los estudiantes y la libertad de expresión no sea diplomático en este momento, reflexiona nuestro hombre. Él no sabe de alta política, solo quiere que todo vaya mejor.
Igualito era el antiguo dueño del país, después de todo. Los mandaba a la punta de un carajo y luego los sentaba con él a “dialogar”. Quizás se les haya hecho costumbre.
Hay otros asuntos que también le dejan un sabor amargo al guayaquileño de clase media. ¿Solo hay cincuenta empresarios en Guayaquil? ¿Nadie más tiene que reunir cada quincena el dinero para una nómina? ¿Nadie más tiene que sentarse con los cobradores a negociar? ¿No hay profesionales? ¿No hay clase media? ¿No hay desempleados? ¿No hay alcalde ni concejales? ¿No hay estudiantes en la Católica o la estatal?
Los paquetazos eran paquetazos no solo por las medidas que incluían (que a veces eran necesarias), sino porque no se los consultaba con nadie. Excepto con los cincuenta empresarios de siempre.
Pero en fin, mente positiva y esperemos lo mejor. Así que nuestro guayaquileño de a pie cierra los ojos y sueña el sueño hermoso de que a lo mejor de este diálogo, o de esta negociación, o de lo que demonios haya sido, salga algo mejor.