miércoles 19 de noviembre del 2008 Columnistas

¿Por qué no?

Es una constatación recurrente que falta en Ecuador una fecha emblemática con la que todos los ecuatorianos se identifiquen y la consideren propia, como la bandera, el escudo y el pasillo.

Celebrar la independencia por ciudades y muchas veces por cantones en un país tan dividido por razas,  geografía, historia, encuentros y desencuentros,  no siempre abona  a crear unidad nacional.  Esta realidad es notoria cuando estamos fuera del país donde los coterráneos se identifican más con sus pares según la ciudad  o región de la que vienen que por el  país en el que nacieron.

Estamos cercanos a la época de vacaciones en la zona de la Costa. También en esto somos diferentes del resto de países: en un territorio relativamente pequeño tenemos dos regímenes de estudio con meses diferentes para vacacionar. La geografía manda en el territorio y está bien, porque hay que someterse a la realidad más básica que es el clima que pauta nuestros días y nuestros meses con las siembras y las cosechas, diferentes en Sierra y Costa.

Ya que la diversidad es nuestra riqueza y nuestro desafío, ¿no sería bueno aceptar el que ella nos plantea para intentar conocernos más y alegrarnos y admirar lo distinto y único de las ciudades, campos, ríos, selvas, montañas, páramos y de la gente que en ella habita y la esplendorosa realidad de este pequeño país, rico en paisajes deslumbrantes y en pobrezas abrumadoras?

Muchos colegios de la clase alta envían a sus alumnos en intercambios culturales a otros países para conocer costumbres y sobre todo aprender idiomas. A su vez reciben a sus anfitriones para hacerles conocer algo de nuestra realidad. Se originan verdaderas amistades y simpatías con el país anfitrión al que se llega a veces a conocer mejor que al propio. La misma experiencia podría implementarse casa adentro.

Ya que los costeños entran en vacaciones, por qué no pensar en intercambios con estudiantes de la Sierra. Que los colegios establezcan las alianzas, y tomen en cuenta dónde residen los alumnos. Campo, ciudad o  barrios populares.  Que las familias reciban a aquellos jóvenes de la misma edad o similar a la de sus hijos, y puedan convivir un mes yendo al colegio y haciendo parte de la vida cotidiana de una familia de otra región. Nuestro pueblo es acogedor, cordial. Se esmeraría por mostrar su mejor cara hogareña y del lugar en el que viven. Hasta podría pensarse en un intercambio dentro de  la misma región, pero mezclando las procedencias entre campo, mar, páramo, selva y ciudad.

Le haría mucho bien al país y a la ciudadanía. Seguro los jóvenes se sentirían orgullosos de su país, de su belleza y su diversidad. La admiración es condición y fruto del amor y muy probablemente nacería espontánea en sus corazones. Establecerían lazos duraderos de amistad con jóvenes de otras regiones o realidades, pero tan ecuatorianos como ellos. No estarían proclives a separar y oponer sino a sumar y construir. Nos hace falta luego de tantos derrumbes ideológicos y políticos. De tantas etiquetas forzadas. No es imposible, hace falta alguien capaz de comenzarla para mejorarla. Requiere preparación en múltiples aspectos, pero podría transformarse en una excelente escuela de ciudadanía y en un laboratorio de la paz que nace del conocimiento, comprensión y admiración del otro, todo otro, por diferente que este sea.

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