No obstante los serios reparos que tuvimos con respecto al proceso constituyente y las críticas que hicimos al texto constitucional que se aprobó, algunos creímos sinceramente que una vez que entraba en vigencia la nueva Constitución finalmente íbamos a presenciar el fin de una época en que las instituciones políticas eran simples instrumentos del capricho humano y no un punto de encuentro entre la política y el derecho.
Lamentable error. Con una que otra variante, la conducta de los actores políticos sigue el mismo patrón de comportamiento del pasado. El enorme gasto, los millones y millones de dólares que significó este proceso –probablemente no solo es la constitución más larga del mundo con sus 444 artículos sino la más cara– no han servido para mucho.
Sí, tenemos un documento al que llamamos Constitución. Pero de allí no pasamos. Una Constitución es algo más que un papel escrito. Ese “algo más” es la interiorización del valor de ese documento por la ciudadanía, y en especial por sus líderes, como el referente ineludible de la vida pública. Las constituciones llegan a ser tales en la medida en que son la expresión de una construcción social con proyección histórica. Se requiere un documento –o varios documentos, como en el caso de Inglaterra– pero eso no es suficiente. Ese algo más, es lo que seguimos esperando.
El asalto del que son víctimas las instituciones creadas por la nueva Constitución no tiene paralelismo en nuestra historia constitucional. En ninguno de los periodos posconstituyentes que hemos tenido se ha visto lo que está sucediendo ahora. Son los propios autores de la Constitución –no George W. Bush, no los pelucones– los que se han encargado como voraces polillas de irse comiendo hoja por hoja las páginas de aquel librito del que tantas ofertas nos hicieron, y que hoy yace moribundo no por el tiempo sino por la vergüenza de no servir para nada, o mejor dicho, para todo menos para lo que supuestamente debía servir.
Hasta los huesos de Alfaro fueron molestados en su merecido descanso para adornar ese tan absurdo como grotesco ritual que se montó alrededor del tótem de nuestro renacimiento como nación. Cuán poderosa debe ser la narrativa del volver a nacer, del comenzar de nuevo, en las conciencias de ciertas sociedades para que estas lleguen ciegamente a entregarse en manos de quienes terminan, una y otra vez, por convertirse en sus propios verdugos. ¡Cómo se nos hablaba de la nueva Constitución que se estaba gestando! ¡Hay de aquel que no se inclinaba reverente ante la sola mención de la Corte Constitucional, futuro templo de la justicia y sabiduría jurídica, que iba a ser la envidia de los tribunales europeos o de la Suprema Corte de los Estados Unidos!
¿Dónde habrá estado esta guardiana de los derechos humanos cuando un hombre preso e incomunicado arbitrariamente tuvo que llorar y humillarse como una condición para recibir un magnánimo perdón y solo entonces recuperar su libertad? Vamos, seamos sinceros ¿tenemos una Constitución?