martes 18 de noviembre del 2008 Columnistas

Nuevos virus. ¿Nueva ética?

En una escena memorable de la película África mía de Sydney Pollack –ambientada en los años veinte– la heroína Meryl Streep le confiesa a un apasionado Robert Redford que ella no podrá entregarle su amor, porque su primer esposo la ha contagiado de la sífilis. El inmutable Redford –galán de extinta especie– le replica suavemente que aquello no cambia en absoluto su deseo de amarla por completo. La magia de Hollywood convierte el preludio de un contagio venéreo, en uno de los momentos más románticos en la historia del cine.

La era de los antibióticos, que empezó en 1927 con la penicilina, ha suprimido la sombra de la sífilis y de otras infecciones bacterianas clásicas, para tranquilidad de las parejas que están a punto de “conocerse”, como se dice en el Viejo Testamento. Además, actualmente los jóvenes se aman cada vez más temprano, más íntimamente y sin demasiada exclusividad, incluso en nuestra sociedad ecuatoriana. Lamentablemente la naturaleza siempre estará dos pasos por delante del desarrollo científico y del fenómeno social. Las ETS (enfermedades de transmisión sexual) clásicas, aquellas que como la sífilis y la gonorrea responden bien a los antibióticos, van siendo reemplazadas por las infecciones virales, para las que no hay tratamiento específico. Hoy en día, los fantasmas se llaman HIV, herpes genital, o el cada vez más identificado HPV, el virus del papiloma humano. La tragedia adicional de las nuevas ETS virales, es que habitualmente son asintomáticas en las primeras etapas de su desarrollo.

El síndrome que los médicos empiezan a encontrar con incipiente regularidad en las ciudades más grandes de nuestro país, es el de una mujer joven, treintañera, de clase media y educación superior, a la que en un reconocimiento ginecológico de rutina se le encuentran pequeñas lesiones genitales que se identifican como papilomas. Hay algunas decenas de cepas (variedades) de HPV, pero tres de ellas se han vinculado con la posibilidad de desarrollar posteriormente cáncer de cuello uterino; un tratamiento quirúrgico oportuno evita este peligro. Por otro lado, ha empezado a venderse en nuestro medio una vacuna (de costo elevado) contra las variedades cancerígenas de HPV, la cual ha demostrado mayor eficacia en personas menores de 26 años de edad.

El tema abre la necesidad de un honesto diálogo particular “a lo Streep & Redford” y la de un debate público inevitable. En la pareja singular, la clásica renuencia masculina para usar protección antes de un primer encuentro amoroso aduciendo “no lo necesito” o “no tengo costumbre”, frecuentemente será un mal presagio: para el amor o para la vida. En el debate ciudadano, habrá que decidir si el problema es un asunto de salud pública que demande la reducción de los costos de la vacuna, si se demuestra su utilidad. Un proyecto de vacunación suscitaría polémica, porque lógicamente los primeros candidatos para la prevención serían los jóvenes solteros de ambos sexos. Vieja ética de la moralina versus nueva ética de la responsabilidad, sin olvidar que el sexo frecuentemente ocurre… y a veces el amor también. Otro debate diferido hasta que terminen las campañas electorales en este país; entonces acaso podamos discutir sin cálculo ni encuestas, como Streep & Redford.

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