Hay países en los que uno se siente bien desde antes de llegar; eso me ocurrió con Canadá. Desde el avión el piloto nos indicó que veinte mil pies más abajo estaban las cataratas del Niágara, y yo lo tomé como señal de bienvenida. Incluso en el aeropuerto de Toronto me sentí tranquila, y eso que los aeropuertos se han convertido en centros de tortura. Pero la gente sonreía, me orientaba, ¡hasta me cargaron la maleta! completos desconocidos que me veían batallar con mi equipaje al bajar a la estación de metro, agarraron afables mis cosas y en un dos por tres las pusieron donde quería, sin darme siquiera tiempo de agradecer.
Estaba maravillada, y eso que apenas llegaba a este país, el segundo más grande del mundo, con una superficie de 10.000 kilómetros cuadrados de maravillosos contrastes y gente diversa.
De Toronto volé a Newfoundland para embarcar en el National Geographic Explorer y recorrer la costa de las provincias marítimas del este de Canadá, y de Nueva Inglaterra en Estados Unidos, hasta entrar a Nueva York.
Otra vez desde el aire contemplaba el paisaje boreal y de tundra de esta isla remota. Fue la última provincia en anexarse a Canadá, apenas en 1949; percibí un orgullo particular, de gente, de isla que se ha mantenido aislada del mundo. Aquí, y solo aquí, la diferencia horaria es “medio” horaria, porque tienen media hora menos que el resto del país.
‘¡On board!’
Zarpamos de Corner Brook, en la costa oeste de Newfoudland con rumbo a St. Pierre y Michelon, el único territorio remanente de las antiguas colonias imperiales de Nueva Francia. Estas pequeñas islas son territorio de Francia como lo prueban las múltiples pastelerías con profiteroles y las tiendas de vinos sofisticados a precios bastante racionales. La vida de sus 6.000 habitantes está subvencionada por la madre Francia que, gracias a St. Pierre y Michelon, posee mar territorial en las Américas, con bancos ricos en bacalao y otras especies.
St. Pierre jugó además un papel crucial en los años veinte, durante la prohibición de alcohol en los Estados Unidos; hasta aquí llegaba legalmente el licor para ser luego ingresado como contrabando en pequeños botes de pescadores (llamados Doris) a Long Island.
Luego de devorar tantos dulces, quesos y vinos franceses como nos fuera posible, zarpamos rumbo a la isla Cape Breton, otra vez territorio de Canadá, provincia de Nueva Escocia. Los paisajes son simplemente de cuento, con un sol de fin de verano iluminando árboles que ya se pintan de naranja otoñal; y el mar, siempre el mar, conectando a estas gentes, del Viejo y del Nuevo Continente. Están los que se sienten muy escoceses, visten kilt, hablan de festivales de música celta, conversan en galés.
Quedan los descendientes de los Acadians, colonos franceses que muchas veces fueron desplazados en las continuas luchas entre Francia e Inglaterra por estas nuevas tierras. ¿Y qué de los nativos? Nadie los menciona demasiado. Apenas encuentro unos libros que hablan de la gente Mi’kmaq como si fueran parte de un pasado romántico y lejano, cuando habitan estos territorios por más de diez mil años.
Bisnieto de Graham Bell
Cabo Bretón es isla de mineros del carbón, de pescadores, y hogar de veraneo de quien patentara el teléfono, Alexander Graham Bell. Como navego en un barco donde todo es posible, al llegar al Museo de Bell nos recibe justamente su bisnieto, Gil Grosvenor, director de National Geographic. Y una cosa es ser guiado por un historiador, otra por un descendiente del inventor. Gil conoce bien los objetos, porque una vez fueron suyos, de su padre, de su abuelo. Habla de su bisabuela, Mabel Beinn Brega Hubbard, la mujer que administrara sabiamente los descubrimientos del marido, siempre pendiente de las patentes, organizando el hogar y también las empresas.
Bell nació para el sonido y el silencio. Su madre había sido parcialmente sorda, y su esposa Mabel fue completamente sorda desde muy niña. Bell inventó el teléfono en su intento por crear una máquina que permitiera escuchar a los sordos. Trabajó incansablemente hasta 1922, cuando murió a la edad de 75 años. El día de su entierro, a las seis de la tarde, todos los teléfonos de Canadá y Estados Unidos guardaron silencio.
Mal tiempo y migración
En Cape Breton queda también el fuerte Louisbourg, donde nos trasportamos al siglo XVIII, cuando la isla pertenecía a Francia y este era su fortín más importante en el nuevo mundo. En 1758 Louisbourg pasó a manos británicas, junto con la mayor parte del territorio de Nueva Francia en el Atlántico, momento que determinaría el rumbo histórico de Canadá.
Hay mal tiempo, así que nuestro plan original de visitar la isla Sable se cambia por Halifax y caleta Peggy. Halifax tiene casi 400.000 habitantes y ha jugado un papel importante en el desarrollo cultural y económico de Canadá. Por el famoso muelle 21 han ingresado más de un millón de inmigrantes de países diversos en busca de una vida nueva.
Desde Halifax salían los convoyes de barcos hasta Europa durante la Segunda Guerra Mundial, y también de Halifax partieron las embarcaciones que rescatarían lo que quedaba del Titanic, hundido a 800 millas al sureste de sus costas.
El Museo Marítimo del Atlántico me sobrecoge. Si bien he visto varias películas, la tragedia del Titanic conmueve intensamente cuando se tienen cerca los objetos reales recuperados por los pescadores de Halifax. Hay una cuchara, una mecedora, un par de zapatos. Y los testimonios de los marineros del rescate que ya no podían recoger más cadáveres porque simplemente no entraban en sus naves. Aproximadamente 300 cuerpos fueron enterrados en los cementerios e iglesias de la ciudad. Halifax vivió un largo luto por aquellos hombres, mujeres y niños que terminaron sus días en las aguas frías del Atlántico norte.
Los guías se refieren imparables a las múltiples tragedias, sobre todo de mar. Alrededor de la isla Sable, una barra de arena de 25 millas de largo, existen más de 500 embarcaciones hundidas, por lo que se la conoce como La tumba del Atlántico. En Nueva Escocia, donde se reportan de 4 a 5 tormentas por año, se cree que hay vestigios de hasta 25.000 naufragios. Son generaciones que han vivido dependientes del mar, con días de sol y de tormenta. Parecen reírse de estas coincidencias y fatalidades; se saben vulnerables como el mismo mar, y como las aguas del océano, se amoldan a lo que venga.
Otros patrimonios
Existen dos ciudades patrimonio de la humanidad en Norteamérica, y una de ellas es Lunenburg, nuestra siguiente parada. Con casitas coloridas de los siglos XVII y XIX luce como un cuadro perfecto. El pueblo fue establecido en 1753, por colonos venidos de Alemania, Suiza y Francia. Como el suelo no era propicio para la agricultura, los hombres terminaron convirtiéndose en pescadores y hacedores de barcos, como los veleros insignia de Canadá, Bluenose y Bluenose II.
“A babor sopla una ballena”, “en popa, hay dos aparentemente cortejando”, uno tras otro se escuchan los gritos de emoción de los pasajeros. Navegamos con rumbo norte por la bahía de Fundy, el lugar en el mundo con las más grandes mareas, de hasta 18 metros. Según los antiguos pobladores de estas tierras, los Mi’kmaq, las mareas son producidas por el salto de una gran ballena franca. Y en Fundy nos hallamos literalmente rodeados de ballenas francas, llamadas de esa manera porque fueron las más fáciles de cazar.
Eran tan dóciles y apetecidas que apenas quedan 368 en el Atlántico norte. Y en una sola tarde vimos al menos 10% de la población. Cuando no están en Florida dando a luz o reproduciéndose, vienen al Atlántico norte a alimentarse y a participar de un juego que los científicos llaman “apareamiento recreativo”. Fue un espectáculo que presenciamos por horas, felices de que aún existan, a pesar de nuestra naturaleza humana destructora.
Ahora en bus
Nuestra última parada en Canadá es en la isla principal del archipiélago Gran Manan. Con playas apacibles, faros pintorescos, una neblina dulce y casitas de colores, le decimos adiós a este país acogedor y rico en historias de gente de mar.
El barco amanece anclado frente a Bar Harbour, en el estado de Maine, ciudad enclavada en el Parque Nacional más grande de la costa este de Estados Unidos, Acadia.
Hacemos el tour en bus: la montaña más alta de Estados Unidos en la costa atlántica, Cadillac, los acantilados de hermoso granito de Playa de Arena, y los bosques de maple y roble.
Pero confirmo mi teoría de que los sitios deben recorrerse a pie para ser sentidos de verdad. Claro, habría sido imposible cubrir tanta área caminando, sin embargo, si prevalece el propósito de que perduren el olor, los sonidos, y la sensación de ser uno con la naturaleza, hay que andar. Desde el bus los paisajes asemejan fotografías y no vivencias reales.
Luego de Acadia vienen varias ciudades-puertos de los Estados de Maine, New Hampshire, Massachussets, Connecticut, hasta llegar a Nueva York. Hay trampas de langosta en cada recoveco de costa. También están los faros, solamente el estado de Maine tiene 68, cada uno con su historia, sus fantasmas y sus misterios.
El huracán Kyle está al acecho e interfiere con nuestros planes. Al amainar las aguas continuamos hacia Cabo Cod, que desde 1914 ya no es cabo sino isla por acción del hombre, que abrió un canal de siete millas de largo para evitar que los barcos tuvieran que enfrentarse a un Atlántico tormentoso al bordear la península.
En Nueva York
Temprano en la mañana de septiembre 29 nos anuncian que tenemos a Long Island a babor y a estribor la isla de Manhattan. Es la primera vez que un barco de Lindblad Expeditions entra a esta ciudad, uno de los centros del mundo, en lo económico y cultural. Circunnavegamos la estatua de la Libertad y subimos por el río Hudson para llegar hasta The Village; desde la terraza de la oficina nos saludan agitando la bandera de la compañía.
Me emociono; es como estar en casa, porque Nueva York es el centro de operaciones de estos barcos que llevan tanta gente por el mundo, que me han llevado a mí a lugares remotos y maravillosos. Me uno a la alegría general, con champán y bocaditos, mientras un bote de bomberos nos saluda con chorros de agua y pitadas.
La idea de pertenencia es una de las más gratas, y así me siento, parte de una comunidad de exploradores, con la alegría adicional de poder compartir mis viajes y experiencias con ustedes, mis lectores.