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Edición del DOMINGO 16 de Noviembre del 2008 EL UNIVERSO inicio e-mail
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Un Red Crab impresionante
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Texto: Epicuro | epicuro@eluniverso.com

Cuando Efrén Coronel me habló de su proyecto pensé que había perdido la razón. “Un sitio gigantesco con enorme zona de estacionamiento, capacidad para ciento ochenta personas, dos pisos, cocina ultramoderna”.

Le hice observar que un restaurante debía considerarse como bien servido si lograba una asistencia promedia de cincuenta clientes diarios. Le hablé de la inseguridad que reinaba en el Ecuador. Me escuchó, pero no tomó en cuenta mis temores. Solo dijo: “Amo a mi país, me interesa invertir aquí, dar trabajo a muchos”. En realidad, todo resultó asombroso. El día de la inauguración, no solamente se llenó el lugar con 180 clientes. La gente estuvo esperando una hora para alcanzar una mesa.

Quizás no sea novedad la curiosidad de los primeros días, pero el caso del Red Crab es realmente excepcional. Efrén empezó modestamente en Urdesa, en el lugar que sigue ocupando actualmente. Poco a poco su fama creció. Me cuenta que tuvo el honor de preparar unos platos para Fidel Castro cuando el estadista cubano se alojó donde León Febres-Cordero. Fidel apreció de sobremanera nuestros crustáceos, alabó sus diversas presentaciones. No se cuentan las estrellas y celebridades internacionales que han visitado el Red Crab, desde eminentes políticos hasta artistas como Luis Miguel y Alberto Cortez.

Lo que llama la atención en Efrén Coronel es su sencillez, su capacidad increíble de trabajo. Nada de poses ni vanidad. Después del  local de Urdesa lanzó otro en Samborondón para cuarenta personas,  pero dio recién el salto hasta el sitio actual donde nos reciben una fuente de agua, un cangrejo inmenso iluminado de noche, capaz de mover patas y ojos, lo que hace que muchos clientes se hagan retratar delante de él. Con excelente olfato, Efrén evitó ciudades como Machala y Manta, donde él dice que no prosperan los negocios de comida. Tiene ofertas para vender su patente en otros países.

El ambiente funcional, luminoso, dividido sutilmente, evita la sensación de un local muy abierto. Los baños lucen impecables. La cocina reluciente puede ser tomada como modelo de pulcritud. Allí  se faenan cada día dos mil quinientos cangrejos, una cantidad enorme de jaibas, corvinas, toda clase de mariscos. Los cocineros trabajan como relojes en las diversas secciones  habilitadas. Veo cómo gratinan unos platos en los que se une  salsa bechamel con queso ricotta. Unas mujeres  sacan la carne de los carapachos, de las patas. Hay que extraer la de las manos gordas sin estropearla.

La carta  suntuosa permite amplia elección. La gente toma poco vino, pues más combina la cerveza. Sin embargo, como no soy purista, puedo tomar un Trapiche roble sobre el cangrejo gratinado o un blanco bien frío. Probaré calamares a la romana, langostinos, una soberbia langosta, canelones de mullido relleno, postres notables. El  pastel de limón, el suspiro limeño, el cheesecake están  hechos en casa. Expreso impecable. Epicuro busca algún detalle para criticar, pero cuando se prepara para pedir el vaso de agua con el postre y el café, el camarero llega sin dejarle siquiera la posibilidad  de solicitarlo.

Los precios, para un restaurante de pescados y mariscos, son extremadamente razonables. Los platos oscilan entre los ocho y los diez dólares. Obviamente, langostas y langostinos  salen de este marco. Recordé que Efrén viene de Ephraim, nombre hebreo que significa “aquel que tiene crecimiento”. Por algo será.


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