Owen Brick es un hombre que se acerca a los 30, casado hace un par de años con Flora, una argentina de corta estatura, cabellos negros y ardientes ojos. Ambos viven en la zona de Jackson Heights, en el corazón de Queens, el populoso distrito de Nueva York. Un día, Brick se encuentra en el fondo de un hueco, vestido de soldado, sin saber cómo salir de él. Escucha disparos que van y vienen por encima del pozo, pero no acierta a comprender lo que está sucediendo, pues hasta de lo que él recuerda se ganaba la vida como mago de fiestas infantiles, y hace poco estaba durmiendo en su cama junto con Flora.
En eso aparece el sargento Serge. Con su ayuda Brick logra salir del pozo. Los disparos se reanudan. Brick se entera entonces de que los Estados Unidos están otra vez en guerra civil. Los ataques del 11 de septiembre nunca tuvieron lugar, y tampoco la invasión a Iraq. Unos cuantos estados se habían separado de la Unión y han declarado su independencia de Washington. Ahora estos coordinan fuerzas para defenderse de feroces ataques bélicos ordenados por George W. Bush.
El comando de las fuerzas rebeldes ha escogido a Brick –quien resulta tener el grado de cabo– para una misión que pondrá fin a esta guerra devastadora. Lo han escogido por recomendación de una ex compañera de escuela de Brick que ahora trabaja para los rebeldes. Brick deberá asesinar al causante de esta tragedia y tiene pocos días para hacerlo. El autor de esta guerra es el que la ha inventado y la única manera de terminarla es eliminándolo.
Se trata de un tal Blake, Block o algo parecido, es un escritor y crítico literario que vive recluido en Vermont. De noche, este individuo tiene dificultades para dormir y ha creado esta terrible historia. Todas las noches, la historia sigue adelante y parece no acabarla. Y así la guerra continúa, y los muertos suman miles.
A Brick se le ordena regresar a su mundo y ver cómo asesina a este escritor, o de lo contrario él y su mujer Flora serán eliminados. Brick regresa a su mundo y le cuenta a una escéptica Flora lo ocurrido. Las dudas de ella se desvanecen el día en que reciben, en su departamento de Jackson Heights, la visita de dos sujetos armados para recordarle a Brick su misión. Flora finalmente le cree y presa del pánico ambos deciden que ella viaje escondida a Buenos Aires, mientras que él resuelve qué hacer.
“No hay una sola realidad, cabo”, le dice a un aturdido Owen, uno de los comandos rebeldes. “Existen múltiples realidades. No hay un único mundo. Sino muchos mundos, y todos discurren en paralelo, mundos y antimundos, mundos y sombra de mundos, y cada uno de ellos lo sueña, lo imagina o lo crea alguien en otro mundo. Cada mundo es la creación mental de un individuo”.
Esta historia, que en realidad son dos, es una de las que August Brill se imagina durante las noches.
La historia le ayuda a Brill a aliviar el dolor que le causa una pierna que ya casi no la tiene, por un accidente automovilístico; la reciente muerte de su esposa Sonia; la soledad de su hija que acaba de ser abandonada por su esposo; y el dolor de su nieta Katya a quien la embarga un equivocado remordimiento por la muerte de su ex enamorado en manos de unos rebeldes en Iraq.
Ah, claro, es que en el mundo en el que vive August Brill sí hubo los ataques a las Torres Gemelas, sí hubo la guerra de Iraq, y Estados Unidos si bien no está en guerra consigo mismo su sociedad parece hundirse cada vez más en crisis de ética y de valores bajo el gobierno de G. W. Ese es el mundo que llamamos real.
Brill entrecruza la historia que ha inventado para dormirse en las noches de insomnio con las historias de su propia vida que se las cuenta a su nieta Katya, que es con quien pasa los días enteros en casa. La mayor parte del tiempo ambos ven filmes de alta calidad artística (Renoir, De Sica), pues ella está pensando en estudiar cine. Su madre Miriam, en tanto, busca reconstruir su vida luego de su divorcio; entre otras cosas, está empeñada en escribir una biografía de la hermana Rose Hawthorne.
Tres generaciones, modeladas por tres sociedades diferentes –la de los años cincuenta de Brill, la de los setenta de Miriam y la de la era Clinton de Katya– se enfrentan solitariamente bajo un mismo techo a las perennes interrogantes de la vida.
Es realmente asombroso lo que Paul Auster logra en esta su última novela, Un hombre en la oscuridad (Editorial Anagrama. 2008). En ella vuelve, pero con más audacia, a la idea de la literatura y el arte en general, como el porfiado empeño por construir en el mundo de la imaginación todo aquello que no podemos hacer en la realidad que nos atrapa cotidianamente.
Para ello Auster parece retomar –y así lo sugiere en la novela– las divagaciones de Giordano Bruno sobre los mundos infinitos y su heliocentrismo, y que hace cuatrocientos años le costó morir en la hoguera.
Para tener tantas historias, muchas en forma de digresiones en la que Auster es un maestro, la novela avanza a gran ritmo. El lector se va a sentir aliviado cuando llegue al final de la obra, si es que ha logrado sobrevivir a la tensión que provoca su lectura, cuando los personajes deciden comenzar el día con un desayuno y tomarse las cosas con calma. “Me parece que esta mañana debemos salir los tres”. Le dice August a su hija: “Huevos revueltos con panceta ahumada, tostadas en pan de barra, tortitas, todo lo que nos echen. Desayuno campesino. Eso es, un desayuno de labrador”.
Y enseguida Auster le recuerda a Miriam un poema de Rose Hawthorne: “Mientras el peregrino mundo sigue girando”. Al menos hasta cuando en la oscuridad de su cuarto August Brill probablemente esa noche decida seguir con la historia del cabo Brick, o se invente una nueva.