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| Los primeros politécnicos |
Texto: Katherine Villavicencio
Siete de los 51 ingenieros que integran la promoción de alumnos fundadores de la Espol (Escuela Politécnica del Litoral) cuentan las anécdotas de hace 50 años, cuando –en un salón de la Casona Universitaria– abrieron los estudios de esta institución guayaquileña.
Que son la esencia de la Espol (Escuela Politécnica del Litoral) y que a partir de ellos han salido los otros ‘cafés’ de los que el mundo laboral disfruta hoy. Miguel Puig hace la comparación –seguida de una carcajada– para explicar que fueron ellos la semilla de una universidad que durante 50 años se ha caracterizado por la rigurosidad académica y por la inserción de profesionales de calidad.
Él, ahora ingeniero naval, abrió junto con otros 50 jóvenes el estudio en la Espol, en tres aulas que la Casona Universitaria (en el centro de Guayaquil) le facilitó a la institución. Ahí recibieron las primeras clases. “De 60 minutos, una hora completa, no de 40 o 45”, cuenta Gustavo Molina, ingeniero mecánico, integrante de ese grupo de estudiantes fundadores.
Luego pasaron al campus Las Peñas, donde tres galpones de la antigua aduana sirvieron para la expansión de la universidad.
Reunidos en la casa del también ingeniero mecánico Jorge Ruiz, Molina, Puig, Hólger Alejandro, Máximo Campaña, Alejandro Donoso y Jorge Chiquito (no aparece en la foto) cuentan las anécdotas de su época universitaria, al recordar el medio siglo de creación de la Espol.
El centro de estudios se inició en octubre de 1958 con cuatro carreras: Ingeniería Eléctrica, Mecánica, Naval y de Minas y Petróleos. Para impartirlas seleccionaron a profesionales nacionales y trajeron profesores del extranjero.
“Con nosotros experimentaron”, dice Molina. Como eran los primeros y vivían en una época sin computadoras les tocó aprender a traducir los libros en inglés que la universidad importaba para las carreras y a manejar al dedillo las fórmulas para hacer los cálculos.
“No había calculadora, usábamos regla de cálculo”, cuenta Hólger Alejandro. De forma casi instantánea todos sonríen y traen a la memoria el conocido ‘machete’, que era como denominaban al instrumento con el que calculaban senos, cosenos, logaritmos con fórmulas de multiplicar y dividir.
“También era importada para no hacernos tan complicada la vida, valía 200 sucres, que había que pagar en cómodas cuotas”, recuerda Chiquito, quien reside en Estados Unidos, al igual que Molina y Campaña. Los tres vinieron solo por la sesión de aniversario.
Las herramientas de estudio no eran lo único complejo. Cada día se dedicaban los primeros diez minutos de la hora para rendir un examen sobre lo que había dado el profesor el día anterior “y eso era un porcentaje de la nota”, señala Ruiz. Las evaluaciones mensuales eran escritas y orales y las tomaba el profesor de la materia más un delegado, por eso bromean con que era casi un examen de grado.
Tuvieron también verdaderos laboratorios de práctica en los talleres mecánicos, los astilleros navales de la Armada y el desaparecido Inecel (Instituto Nacional de Electrificación).
La primera promoción de la Espol se inició con 51 estudiantes, que hoy tienen entre 67 y 80 años, pero egresaron 13 en Ingeniería Mecánica, 6 en Naval, 3 en Minas y Petróleos y 4 Eléctricos. Los demás, indican ellos, fueron a hacer cursos afuera y en la mayoría de casos vinieron graduados. “Los mandaron a Estados Unidos y a Puerto Rico. A los únicos que no nos mandaron fueron a los mecánicos”, dice Campaña.
El pesar no es por el viaje sino porque no pudieron graduarse inmediatamente. Hólger Alejandro refiere que algunos de ellos debieron esperar hasta cinco años porque necesitaban adquirir experiencia para plantear y desarrollar el tema de la tesis.
“Para hacer la tesis de grado qué hicimos: dentro de lo que uno estaba trabajando tenía que ver qué se podía mejorar. Yo trabajé en la Fleishman y había que mejorar el secado de la levadura. Lo que hice fue adaptar algo para presentar una técnica que no había acá”, recuerda Chiquito. Jorge Ruiz, quien ahora es propietario de una empresa de secado industrial, hizo la suya sobre el fraguado de la baldosa, porque en ese entonces laboraba en una empresa de cerámica.
“Nos hicimos a sangre y fuego, a hacha y machete”, indica Miguel Puig. Todos asienten, mientras Alejandro Donoso dice que les costó esfuerzo llegar a ocupar puestos que en ese entonces eran exclusivos para los extranjeros.
Su vinculación a la vida laboral coincidió con el boom petrolero, en 1972, por eso aseguran que pudieron contribuir a la época de mayor desarrollo del país.
La Espol está empeñada en ubicarse entre las 25 mejores universidades de América Latina. Y ha empezado el camino: en el 2007 obtuvo la Acreditación Institucional a la Calidad ante el Consejo Nacional de Evaluaciones y Acreditaciones (Conea) y está en proceso la acreditación internacional ante la agencia acreditadora de programas de ingeniería de EE.UU.
Además proyecta construir en el campus Gustavo Galindo, que ninguno de los fundadores alcanzó a disfrutar, el denominado Parque del Conocimiento, donde se instalarán centros de tecnologías de la Información, de Energías Renovables, de Investigaciones y desarrollo de Nanotecnologías.
Es parte de esa evolución que empezó hace 50 años con 51 estudiantes (hoy son más de 15.000). La semilla fue clave, afirman ellos. “Si hubiéramos salido malos, la Escuela no tendría el prestigio del que goza ahora”, dice Molina. Y, claro, los ‘cafés’ de esa esencia tampoco hubieran resultado tan espesos.
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