- NOV. 16, 2008 - Foto - Música - EL UNIVERSO
Lo que llama la atención en Kobayashi es su sencillez, su gentileza. Lo alcanzo en los camerinos después del concierto. Transpira profusamente, mas se lo nota eufórico. Le hago notar que dirigió la orquesta con romanticismo y sin embargo sobriedad, sin batuta.
Se ríe, confiesa su apego al lirismo profundo del sonido. El preludio de Villa-Lobos, con repentina nostalgia de Bach, es el abreboca ideal para la noche, permite a Ryuhei definir su decisivo apego a la música de cámara. Nos permite apreciar el constante progreso de las cuerdas. El Teatro Centro de Arte está copado, el público entusiasta.
Kobayashi recibe los aplausos a los que tiene tanto derecho, no solamente por los conciertos que ha dado en el país, en casi toda Europa, sino por aquella labor pedagógica que lo llevó a formar en el 2007 la primera orquesta de guitarras del país, la cual lleva su nombre, en el Conservatorio Antonio Neumane. Unos cuantos alumnos de él han logrado premios y Ryuhei también, de su lado, ha cosechado muchos laureles.
El Concierto para guitarra y pequeña orquesta de Villa-Lobos seduce por ser uno de los más interpretados del repertorio universal, siendo indudablemente el más trillado el de Aranjuez de Joaquín Rodrigo, aunque prefiero personalmente de aquel compositor la Fantasía para un gentilhombre, quizás menos vistosa pero muy rica armónicamente.
Villa-Lobos se apega a los tres movimientos tradicionales (rápido-lento-rápido), todos enlazados con elegancia. La orquesta, tanto en esta obra como en la de Manuel Ponce, tiene realmente un papel de protagonista, no de mero acompañante.
Estallan relámpagos de trombón, fagot, oboe, hermosos despegues de la flauta. El solista, dueño de una impecable técnica, puede dedicarse a cincelar cada nota con impresionante perfección, matizar el sonido desde el vigor de los acordes hasta el desgranar más puro de la melodía, llegando al umbral del silencio.
Si se piensa que tan solo en el siglo XX han sido compuestos como trescientos conciertos para guitarra, nos daremos cuenta de que muchos se quedaron en el anonimato. Sin embargo, sería interesante que en algún concierto Kobayashi nos haga escuchar el de Maurice Ohana, obsesivo, lancinante, intenso, polémico, algo desconcertante.
Definitivamente será el concierto de Manuel Ponce el que me subyugará esta noche en el Centro de Arte. La perfecta integración de la guitarra con la orquesta, la muy sutil digitación del solista, su sentido del suspenso sonoro y de los matices nos llevan a gran altura, sin que por eso podamos olvidar que el compositor mexicano sea conocido de muchos por su famosa canción Estrellita, cuyo tema integró a su concierto para violín.
Tanto el guayaquileño Luis Campos, radicado en Austria, formado en el Mozarteum de Salzburgo, como el norteamericano David Chapman se lucieron como solistas, mostrando un temperamento diferente pero impecable ejecución. Fue emotiva la culminación de la noche cuando se presentaron los alumnos de Kobayashi en un Boccherini sabroso, refrescante, con aquel toque galante, espiritual y rococó (light, diríamos ahora) que caracteriza al compositor italiano.
Ryuhei puede sentirse satisfecho. No es tan fácil llenar el Teatro de Centro de Arte y, mediante un trabajo de muchos años, lograr un concierto bien estructurado con una pequeña orquesta de 25 cuerdas, cinco maderas, dos metales y percusiones, cosechar los aplausos de un público emocionado por una labor realizada con envidiable honestidad.