¿Saben cómo se llama la policía tercerizada del Servicio de Rentas Internas en Guayaquil? La Gestapo. Cuando vi ese nombre en el uniforme de uno de los guardias que cuidan el orden en el SRI –el martes pasado, en las oficinas de la avenida Orellana–, no lo podía creer. Me acerqué al departamento de quejas y presenté una protesta por apología del nazismo. No sé si me harán caso o si reemplazarán a la Gestapo por la KGB.
La Gestapo, como ustedes saben, perseguía a judíos, socialistas y comunistas; hoy la nueva Gestapo sirve bajo órdenes de Carlos Marx Carrasco, que además ha ordenado colgar en cada cubículo del SRI un letrero que advierte que si usted “turba” o “interrumpe” al funcionario que lo está atendiendo, irá a la cárcel de ocho días a un mes, como lo dispone el artículo 232 del Código Penal.
(Pobrecito el Carlos Marx original; era judío y socialista y la Gestapo prohibió sus libros. Debe estarse revolcando en su tumba).
Ocho días tras las rejas, sin embargo, no son nada. A Carlos Hidalgo Ronquillo lo encerraron tres semanas por tirarle un papelito “hecho bulluco” a la caravana presidencial. En todo ese tiempo no le permitieron ver a su familia, así que días atrás se doblegó. Con lágrimas en los ojos, le ofreció disculpas al Presidente. Solo entonces el primer mandatario se mostró “magnánimo” y lo perdonó.
La anécdota nos pinta a Rafael Correa de cuerpo entero. “No soy rencoroso ni vengativo” ha dicho. Por lo visto en Carondelet no hay espejos. No sé si recuerdan al yerno del ex dueño del país. Él también persiguió a un funcionario público porque se atrevió a cobrarle una planilla de luz. En aquella ocasión la víctima tuvo que humillarse y del mismo modo suplicar perdón. Era el deporte favorito de Gabriel García Moreno o de Joseph Stalin: avergonzar al caído, obligarlo a que se arrastre. De esa fuente amarga abreva el líder de la Revolución Ciudadana.
Hay quien se sorprende de que Alianza PAIS no respete la Constitución que sus ex asambleístas redactaron. Olvidan que dentro del partido de Gobierno tampoco hay estatutos. Sus dirigentes nunca han mostrado un código de ética o algún documento que ordene la vida del movimiento. El partido tampoco realizó nunca un congreso o una asamblea de representantes de bases, así que el militante de a pie jamás ha tenido espacios apropiados para hacerse escuchar.
El resultado es que todo el poder recae en manos de un pequeñísimo grupo de amigos (el “Buró”) que nadie eligió, o mejor dicho, que se eligieron ellos mismos, y que lo deciden todo, desde quién será castigado hasta quién se quedará con la tajada del león. A Aminta Buenaño la rebajaron de primera a segunda vicepresidenta, a Alberto Acosta lo marginaron, a Trabajo Andrade lo expulsaron y la lista podría seguir. Centro, izquierda o derecha, no importa; el hacha cae inflexible sobre cualquiera que desoiga al “Buró”. Rafael Correa se encarga luego de ridiculizarlo en público.
Si todo esto fuese un asunto de ellos, vaya y pase. El inconveniente es que un partido antidemocrático no puede dirigir una democracia.
Inevitablemente, la corrompe, la enferma, la destruye.