Desafiando machismo, testarudez, terquedad, la ternura es Cenicienta del amor. Puede confundirse con debilidad, sensiblería, falta de carácter. La pasión, en cambio, llega hecha un huracán, arrasa con todo, es impulsiva, impaciente, lo quiere todo pronto si no se irrita, se vuelve agresiva, considera como falta cualquier obstáculo que se opone a sus deseos inmediatos, devora todo. Es hoguera que consume cualquier material combustible. Exige, se resiente, chamusca, incinera, convierte el detalle inocente en implacable pretexto para peleas, fricciones, distanciamientos hasta llegar a la ruptura final. Un amor basado en la única pasión se esfuma cualquier día por el motivo más fútil. Solo las tormentas legendarias hablan de pasiones inmortales, y al no poder sostenerlas en la realidad las condenan a una muerte trágica. Están Romeo y Julieta, Tristán e Isolda, Antígona y Hemón, Abelardo y Eloísa, Chopin y Georges Sand, cuyas pasiones terminan catastróficamente. La muerte o la fatalidad asumen el final.
Mientras reina la pasión el tiempo se detiene, el mundo se congela, nos sentimos capaces de realizar cualquier hazaña, descubrimos la angustia maravillosa de no poder vivir sin el complemento, acumulamos momentos mágicos en los que vibra el alma gemela como la cuerda de un violín. Es el instante del éxtasis en que tenemos la impresión de alcanzar el cielo. Nace el desenfreno, asoma la mano que oprime el corazón, se desata el arrebato, brota el deseo, pronunciamos palabras definitivas en cualquier idioma: “No puedo vivir sin ti”. “Can’t live without you”. “Non posso vivere senza te”. “Je ne puis vivre sans toi”.
Acabo de citar unas de las tantas canciones que dicen lo mismo en idiomas diferentes. No se sabe por qué quienes tanto se amaron ven con absoluta frialdad cómo se deshace la pasión, nieve en primavera, fogata moribunda. Soñaban con vivir juntos una vida entera y no pueden ya soportarse. Brota la amnesia, se borran los mails, se queman las cartas. La admiración, sentimiento sin el cual ningún amor es viable, deja el paso a la crítica. Se exhuma tal o cual defecto, se descubre que el ser tan idolatrado no era tan inteligente, tan sensible, tan digno de ser amado por una larga temporada. Lo que antes nos hacía estremecer solo despierta indiferencia. El amor ha muerto.
La ternura desgrana su cariño de hormiga, se queda arrinconada viendo cómo la pasión titubea. Irrumpe la dolorosa soledad. El arrebato deja paso al deshielo, se inunda el escenario. Jacques Brel lo expresa de un modo patético: “Ne me quitte pas, no me dejes, me volveré sombra de tu sombra, sombra de tu mano, sombra de tu perro”. La ternura es capaz de abandonar toda dignidad, todo amor propio con tal de no perder el hilo mágico que sostiene en el aire una cometa inconstante.
La ternura seguirá desvariando, chocheando, repitiendo el “te amo” sin buscar ya a quien pueda contestarle. Es tonta pero creo en ella. Jamás pretendí ser inteligente, moriré amando, terco como un burro, porque no me enseñaron a domesticar el olvido. Lo que habré dado será siempre más importante que lo recibido. ¡Ven, ternura, dame la mano, quédate conmigo!