Noviembre es un mes especialmente asaltado por las actividades. Como si la consigna fuera hacerlo “todo” antes de llegar a las fiestas de fin de año.
En las instituciones educativas nos salen al paso dos, que tienen que ver con mi fundamental afán docente: el correcto uso de la lengua.
La primera es el concurso de ortografía que instaurado por la Primera Dama desde el 2001 convoca a todos los planteles en consecutivas rondas que van de lo interno hasta una final internacional, en la cual el Ecuador ganó una vez. Vale la pena el esfuerzo si estamos imbuidos en el espíritu de las competencias. En medio de la jungla de la vida, ya no estoy tan segura de que poner a luchar a los estudiantes –con barras y gritos de aliento en todos los campos de estudio y desempeño– sea una de las mejores formas de educar. La rivalidad puede ser tan enconosa que desata energías negativas. La imagen del ganador exaltado frente a los perdedores tristes, las bromas hacia los “loosers” de parte de sus compañeros (palabreja colada del inglés y que contamina como una peste la ironía juvenil, destrozando la autoestima de quienes no calzan con el modelo de turno), son consecuencias poco edificantes.
La segunda actividad es la prueba de medición de logros académicos que el Ministerio de Educación recepta, en este mes, a todos los establecimientos del ramo, de la región Costa, en las áreas de lenguaje, matemáticas, estudios sociales, ciencias naturales.
Me atengo a las reflexiones que me merecen lo que tiene que ver con la práctica de la lengua, poniendo como frontera dos experiencias cercanas: la observación de una clase de niños aburridos de 12 años y una exposición de proyectos de alumnos a punto de graduarse de bachilleres. Veo esos dos momentos como las adecuadas curvas de un paréntesis para analizar lo que ocurre en medio y elucubrar si la prueba que se tomará a quienes pasaron por el proceso arrojará los datos verdaderos.
De los 12 a los 18 años hubo en la vida estudiantil los más variados esfuerzos por motivar fundamentalmente dos cosas: la necesidad de leer con atención para, en primer lugar, comprender, y también la urgencia de habilitar la expresión oral y escrita, adecuada a los fines de cada acto de habla: comunicar, persuadir, conmover. Y todo ello persiguiendo fines más sutiles e invisibles, la adquisición de procedimientos mentales fuertes en lógica, organización, abstracción.
Los niños aburridos de 12 años están lejos de identificar sus futuras necesidades con el idioma. No hay argumentos que los convenza de que esa clase es tan importante como el sueño de ser un gran surfista, en cambio el joven que exponía su proyecto con la voz engarrotada por el nerviosismo, tratando de no alterar su discurso memorizado, sí tiene más claro que está en el camino de hacer de esa actividad un hecho frecuente cuando ingrese a la universidad.
En suma, los esfuerzos del Ministerio de Educación tienen que venir sostenidos por un trabajo previo y mayor: la actualización de los maestros en materia del simple y habitual acto de trabajar en el aula. Allí se producen los problemas o se resuelven. El drama de la enseñanza-aprendizaje de la lengua materna sigue intacto.