EE.UU. |
Uno de los desafíos de Obama será el de canalizar el extraordinario idealismo que él inspiró en su campaña, hacia una causa nacional que sea mayor.
Estados Unidos de América es más que un lugar. En sus mejores momentos, es también una idea.
Cuando mi padre era expulsado de su hogar en Europa Oriental durante la II Guerra Mundial, al principio se estableció en Francia. Sin embargo, Francia no ofrecía oportunidades a refugiados pobres, así que mi padre buscó mejores perspectivas para sí y sus descendientes mudándose a un campamento de leñadores en Oregón, para empezar a aprender inglés y comenzar una nueva vida. Él se sintió atraído no por el Estado real de Norteamérica, sino por la idea de América.
Nosotros, los estadounidenses, hemos traicionado periódicamente la idea de igualdad y oportunidad, pero, en la noche del pasado martes 4, la revitalizamos vigorosamente. Yo invité a la gente a que publicara sus pensamientos sobre la elección de Barack Obama en mi blog o diario en línea, nytimes.com/on theground, y el resultado fue una profusión emotiva desde cada recoveco del planeta.
Jessica observaba los resultados desde una cantina en Ciudad del Cabo y escribió: “Por primera vez en la memoria reciente, puedo gritar en las calles que soy estadounidense y sentirme orgullosa del progreso, la esperanza y el color que ahora nos definen”.
En Suiza un estadounidense fue inundado en felicitaciones que comparaban la elección con la caída del Muro de Berlín. Un ciudadano estadounidense en Kenia, de nombre Tom, vestía una camiseta de Obama y terminó necesitando más de una hora para efectuar la caminata hasta su trabajo desde casa, ya que la gente lo detenía para felicitarlo y celebrar con él.
Un azorado tanzanio de nombre Leonard escribió para decir que estas elecciones habían promovido la democracia con mucha mayor efectividad que nada que Estados Unidos pudiera decir o hacer. Concluyó: “Larga vida a Estados Unidos”.
Y aquí en Estados Unidos un niño de 8 años de edad anunció, la mañana siguiente de la elección, el nuevo objetivo de su carrera: él se convertirá en el primer presidente latino de los Estados Unidos.
La cascada de emotividad deja entrever que Estados Unidos gozará de un dividendo Obama de buena voluntad mundial en los meses próximos, una oportunidad para lograr progresos en lo tocante a las amenazas en común. “Barack” significa bendición en suahili, y esta elección se siente como la gran oportunidad de que Estados Unidos se reúna con el mundo luego de ocho años de autoexilio.
La elección de Obama, de igual forma, quizá sea un hito político, poniendo fin a una era en la cual los republicanos tuvieron éxito para ganar votos de los trabajadores pobres e incluso reducir impuestos a los multimillonarios. Este fue el gran éxito del Partido Republicano a lo largo de los últimos 40 años. Los estadounidenses de clase trabajadora votaron regularmente cual corredores de bolsa, porque se sentían más a sus anchas con los valores tradicionales de los republicanos.
Obama redujo este cisma de valores, y es por eso que Estados Unidos tendrá su primer mandatario demócrata desde John Kennedy que no viene del sur. Obama quizá pudiera ser capaz de formar una mayoría demócrata para los siguientes años.
De cualquier forma, Obama tendrá que ponerse a prueba pronto. Recuerden que cuando Gordon Brown se convirtió en el primer ministro británico el año pasado, era amado por su reserva y ecuánime competencia; una actitud similar a la de Obama, aunque sin la elocuencia. A los pocos meses, los electores estaban pidiendo la cabeza de Brown.
Uno de los desafíos de Obama será el de canalizar el extraordinario idealismo que él inspiró en su campaña hacia una causa nacional que sea mayor. Mi hija de 11 años trabajó con sus amigas en este otoño para vender limonada y galletas a fin de reunir dinero para la campaña de Obama, todo por iniciativa propia. En el día de la elección mi hija seguía vendiendo botones de Obama en la calle, y en la noche de los comicios, ella desafío de manera flagrante su hora de dormir para celebrar a medida que la historia se desarrollaba. Ahora, ella está lista para abandonar la escuela –¿quién necesita el álgebra?– y volverse una organizadora de la comunidad.
La forma obvia de institucionalizar ese tipo de emoción es un programa nacional de servicio, no solamente para jóvenes sino para entrecanos integrantes de la generación de posguerra (baby boomers) que consideran “carreras adicionales”.
Cualquiera que sea el paso siguiente, vale la pena saborear esta vista histórica. Primero, volvamos la mirada a un horror olvidado hace ya largo tiempo atrás. En 1958, una niñita blanca en Carolina del Norte besó inocentemente a un amigo negro, de nombre Hanover, en la mejilla. La policía detuvo al niño y lo condenó a doce años de cárcel por intento de violación. (Tras la publicidad, el pequeño fue liberado más tarde).
Si consideramos ese pasado, quizá el comentario más incisivo sobre la elección de Obama se produjo hace ya largo tiempo atrás. El reverendo Dr. Martin Luther King Jr. se dirigió a la Legislatura de Hawai en 1959, dos años antes de que Obama naciera ahí mismo, y declaró que el movimiento de los derechos civiles se proponía no solamente liberar a los negros sino “liberar el alma de Estados Unidos”.
King cerró su discurso en Hawai con la cita de una oración de un predicador que había sido esclavo en otra época, y es una descripción apropiada para la idea de Estados Unidos de América hoy día: “Señor, no somos lo que queremos ser; no somos lo que deberíamos ser; no somos lo que vamos a ser, pero, gracias Señor, que no somos quienes éramos”.
© The New York Times News Service.