martes 11 de noviembre del 2008 Columnistas

Valorando las formas

Muchas veces las formas parecen no recibir importancia alguna. A menudo son pensadas en forma negativa, como si ellas simplemente sirven para enmascarar realidades que suponemos más importante. Esto ha llevado a verlas con sospechas y a imaginarlas como parientes cercanas de la falsedad.

Esta valoración disminuida de las formas ha venido siendo cuestionada desde varios cuarteles. Hay ahora hasta razones para desconfiar, y hasta temer, de ese desdén por las formas. El pensamiento filosófico –el libro de Hanna Arendt La vida del espíritu es un buen ejemplo– nos ha advertido sobre los riesgos de pensar en las apariencias como algo secundario. Ellas en realidad tienen su propia esencia. La literatura, desde su privilegiada posición, ha también hecho lo suyo.

La política, especialmente la política en el paradigma de la democracia, ha ido por la misma dirección. No es una coincidencia que la democracia sea referida en la actualidad como una “forma” de gobierno.

Un ejemplo del valor de las formas se pudo ver recientemente gracias a la magia de la globalización de la información durante el proceso que llevó a Barack Obama a la presidencia de los Estados Unidos. Y es que más que el resultado en sí –algo que ciertamente solo puede suceder en una democracia tan vigorosa como la estadounidense– fueron las formas las que jugaron un papel clave.

Ya durante los debates se pudo percibir cómo las formas marcaban una diferencia cualitativa que contrastaba con lo que estamos acostumbrados a ver y soportar en América Latina, y en especial en nuestro país. Se vio un cruce de ideas, un choque de visiones, entre dos líderes que no podían ser más diferentes, en cuanto a sus orígenes y experiencias.

Y a pesar de ello la forma en que los dos protagonistas se condujeron –con altura, respeto, cordialidad y hasta buen humor– demostraron que puede la confrontación ideológica, necesaria como es en una democracia, llevarse a cabo sin recurrir a la vulgaridad.

Un segundo momento pudo apreciarse en la noche de la victoria. Nuevamente las formas fueron las grandes protagonistas. Aunque el regocijo por la victoria era evidente, y razones para ello sobraban, lo que no se vio fue a un triunfador dedicado a insultar a los perdedores, a jactarse arrogantemente de su posición y a tildar a su victoria de “paliza”.
No escuchamos resentimientos, odios y menos revanchismo étnico.

Para el asombro de muchos, gobernados por supuestos demócratas y hasta declarados cristianos, entre las primeras frases que tuvo Obama fueron de respeto, elogio y hasta admiración por quien en esos momentos le corría el sudor de la derrota, el senador McCain. Hizo, además, una invitación a sus adversarios para unirse en la difícil tarea que tiene por delante.

Si hubo unos derrotados, en realidad, no fueron los republicanos sino esa escuelita de dictadorzuelos parlanchines que se han pasado en los últimos años vaticinando el fin de la democracia liberal, concentrando poder y atropellando las instituciones. Para ellos el triunfo de Obama resultó una incomodidad.

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