martes 11 de noviembre del 2008 Columnistas

Parafernalia

Había una vez un lindo país llamado Ecuador. Su gente amable vivía sin prisa ni miedo. Su Presidente, un señor serio pero afable que se llamaba Galo, José María, o Clemente, marchaba por las calles de la capital despreocupadamente. Se lo veía caminar con su pequeña comitiva rumbo al Majestic o al Wonderbar, para tomar un tinto o comer un cebiche al mediodía; la gente lo miraba y aplaudía o pifiaba, según la temporada. El Presidente –en ambos casos– sonreía y saludaba. Entonces no existía la noción de “seguridad presidencial”: solamente un edecán y dos policías regordetes acompañaban rezagados el cortejo. Al último de esa serie –llamado Osvaldo– lo vimos en el CCI (Centro Comercial Iñaquito) algún domingo de 1983 con su familia haciendo compras; solo un sujeto de chompa abultada los seguía a diez pasos. Eran tiempos y hombres ordinarios. La sencillez no era pose; no existían asesores de imagen.

Llegó 1984, año profético de Orwell y su Gran Hermano. Un viento helado barrió por primera vez el pequeño país tropical. Apareció la insurgencia y con ella la puesta en acto de “la majestad del poder y la seguridad del Estado”. Imposible saber si fue primero el huevo o la gallina. ¿La insurgencia causó el nuevo estilo del poder? ¿Viceversa? Opiniones y país divididos. Los ecuatorianos veíamos por primera vez a nuestro Presidente –entonces se llamaba León– llegar a un acto oficial precedido por ocho hombres de terno oscuro con metralletas en hermosos y visibles estuches de cuero, que miraban hoscamente al público antes de autorizar su entrada. Hasta entonces solo habíamos visto esa escena en el cine. La parafernalia de la seguridad presidencial llegaba para quedarse. Por primera vez temíamos a nuestro Presidente. El Ecuador se modernizaba.

Año 2008. El Presidente –hoy se llama Rafael– luce jovial y campechano. Es el más amado desde el llorado Jaime. Es el más temido desde el nombrado León. Ocasionalmente lo vemos –o deducimos su presencia en algunos casos– desplazarse rodeado por una pequeña fortaleza ambulante que puede sumar hasta dos motociclistas, dos camionetas policiales, cinco enormes vehículos blancos con vidrios negros y un pelotón de más de veinte hombres, entre edecanes, tribunos, pretorianos, centuriones, aurigas y gladiadores. Ahora tenemos esperanza y miedo a un tiempo.
Cuando las sirenas lo anuncian, evitamos gritar o hacer gestos que puedan llevarnos a conocer las mazmorras de palacio. Caminamos “hablando bajito y mirando a un rincón”, como le cantaba Chico Buarque al dictador brasileño. ¿Acaso Rafael corre tanto peligro? ¿No será solamente una “percepción”?  ¿Cómo entender la “sensación” de que el Presidente más popular del mundo parezca temer a la gente que lo ama?

¿Podríamos recobrar la vieja sencillez, señor Presidente? ¿La de todos? Los grandes estadistas de la modernidad soportaron estoicamente insultos, tomatazos y hasta bofetadas en los días más tristes de su gestión. Eso los hizo grandes y no el aplauso fácil en años de abundancia. Vienen tiempos duros porque estamos abonados al planeta. Es el momento de empezar a escuchar a los otros, no solamente a los mismos. La verdad contenida en la crítica siempre ha sido mejor que la mentira de los cantos de sirenas, odaliscas, augures, sátrapas y eunucos palaciegos.

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