Frecuentemente oímos “Ecuador es un país profundamente cristiano”. Sería más exacto afirmar que los ecuatorianos somos muy religiosos. Religiosidad es buscar a Dios, para que Dios haga lo que queremos: encontrar novio, ganar la lotería, recuperar la salud, pasar un examen. Para lograrlo, nos esforzamos en ganarnos la voluntad de Dios con velas, con agua bendita, jaculatorias, penitencias, etcétera. La fe es mucho más que religiosidad: es dejarse encontrar por Dios, para hacer lo que Él nos propone, creyendo que Él, como padre que es, se adelanta en señalarnos un camino a la felicidad, a veces con espinos. No insinúo siquiera una oposición entre religiosidad y fe; afirmo sí que la religiosidad es solo un elemento inicial, que puede ayudar al encuentro de fe con Jesucristo.
He confirmado durante treinta y nueve años de servicio episcopal que el dinero es el mayor obstáculo para que la religiosidad sea un punto inicial hacia la fe. Lo he comprobado en las fiestas patronales y en santuarios. A los templos parroquiales acuden preferentemente los creyentes, o los que buscan serlo. La grande mayoría de los que acuden a los santuarios y a las fiestas patronales son cristianos fervorosos; pero hay también comerciantes y unos pocos lugareños, a quienes Cristo les importa muy poco; menos aún la fama de las personas; solo les importa el dinero que van a ganar en las ferias, o extorsionar en los santuarios.
La tensión que he observado durante 18 años en un grande santuario es similar a la que se expresa en la generalidad de los santuarios. En noviembre, mes de peregrinaciones, surgen tensiones, siempre provocadas por personas lugareñas, que en otros meses no aparecen en el santuario. Variaban las causas aducidas, la finalidad era la misma: integrar el comité que conoce las contribuciones de los peregrinos, ser generosamente pagados por servicios ofrecidos como “gratuitos”.
Ancianos del lugar me contaron que el sacerdote, que rigió el santuario durante décadas, recurría a las Fuerzas Armadas y a la Policía para mantener el orden y también para contener la exigente euforia de los “voluntarios” o la furia de los resentidos, por no haber logrado participar de las contribuciones de los peregrinos. También en este noviembre han surgido tensiones contra el rector del santuario, sin que importen su reconocido servicio espiritual, mantenimiento y renovación de edificios; les importa solo sentirse dueños del santuario, que recibe donaciones de peregrinos, que afirman ser gigantescas.
Hay un elemento que se repite: el temor de los “creyentes” frente al atrevimiento de pocos. El rector del santuario está haciendo lo hecho antes exitosamente: grupos de jóvenes para que maduren su fe, catequesis, servicios de salud, colegio. Se oye claramente la voz grabada de un agitador: “Ha hecho cosas buenas; ha dado cuentas del dinero de ‘nuestro’ santuario; pero exigimos que se vaya”. ¡Qué falta de lógica! Necesitamos cultivar la reflexión para orientar la religiosidad a la fe y también, en lo civil, para superar el populismo que debilita derechos, separándolos de las obligaciones.