Si hace unas semanas hablaba del difícil camino de la dramaturgia local, el avistamiento de Retazos de vida, una de las últimas producciones cinematográficas made in Ecuador, me acercó a un virus tan letal como el de Ceguera. Esta es una plastificada plaga rosa, indiscutible patrimonio de la televisión ecuatoriana que ahora es matuteado a la pantalla grande en tecnología high definition. Trato de no meterme con la tele porque por allí estuve yo, durante muchos años. Miren bien el poco pelo que me dejó esa tremebunda experiencia.
Lo que me rescató de algunos de mis naufragios en la tele era una pasión cinéfila obsesiva. Si las imágenes en las pantallitas de entonces ya no me motivaban a nada, siempre estaba el gran cine, que para mí fue el fértil terreno de sueños personales, donde el rating no importaba. Entonces todas las películas venían de afuera. Eso era injusto, porque el mejor cine finalmente es el reducto de la creatividad global introspectiva, independiente, algo que también deben enfrentar los realizadores nacionales. No piensen que me inclino solo por películas de mensajes aspaventosos. Primordialmente, el cine tiene que enlazarnos con creatividad y buenas historias. No importa de lo que se trate o de dónde venga.
En 1965, por obra y gracia del empresario Carlos Espinosa, se integran algunos artistas mexicanos para trasplantarse a ese curioso experimento turístico-cinematográfico que se llamó la película Romance en Ecuador. Hasta nos ponían a Julio Jaramillo, nuestro legendario ruiseñor guayaquileño, con el cantante ye-ye Enrique Guzmán y una Begoña Palacios que había desaparecido de mi memoria. El guión era casi nulo y lo único que importaba era ver las escasas maravillas de la Perla del Pacífico y los primeros rascacielos de siete pisos de Salinas, con uno que otro recatado bikini.
Este romance no aportó nada al cine ecuatoriano. Más bien lo estancó, porque todo el mundo pensó que hacer cine era algo parecido a la difusión turística del país, otro virus contagioso que estropea la producción de Retazos de vida.
Asumiendo la realización, llega desde Quito la guionista-directora Viviana Cordero para un aterrizaje forzoso en tierras costeñas, donde se le entrega una de esas historias culebronas dignas de los peores momentos de los horarios AAA en la televisión. Objetivo aparente: lucir al Guayaquil regenerado con una historia rosadamente degenerada –no, perdón– desenfocada. ¿Nadie en el Municipio de Guayaquil –importante auspiciador del filme– leyó el guión? ¿A qué latitudes lejanas van a enviar estos retazos?
Chica rica, bella, coquera y bulímica (Érika Vélez, lo mejorcito del filme), y su amiga de Vinces con ínfulas peluconas (María Teresa Guerrero) comparten pasarela y modelan para Doña ... (la resucitada mexicana Christian Bach). Ella sufre mucho porque –se alzan las cejas– podría estar en cinta en edad incorrecta. Llega la pariente socialmente responsable de España (Giovanna Andrade) recordándonos que los inmigrantes sufren mucho, pero que el suburbio es peor. Las primas se alternan en el interés de un fotógrafo bradpittoso (el modelo William Levy). Bajo los altísimos techos de uno de esos gigantescos hogares de granito estilo Samborondón está la Nona (Marina Salvarezza), que en un sublime amor de tercera edad pierde a su pareja trágicamente. Así presenciamos el velatorio más risible que jamás hayan visto ojos telenoveleros. Ni Espinosa hace más de 40 años tuvo esta inspiración.
Al igual que Romance en Ecuador, Retazos de vida puede pegar en la taquilla nacional. Tantas tomas de la gran metrópolis encementada, bellas chicas en pasarelas de suntuosos salones, lágrimas abundantes en jardines inmaculados, hasta un baile de debutantes... Es cine de y para televidentes a todo dar, que claro, son el público mayoritario. ¿Cine ecuatoriano de exportación? Qué tan lejos.