Un whisky. Un puro. Y a escribir. Fernando Savater, un pensador que no puede vivir sin literatura, cinceló así su última obra, La hermandad de la buena suerte. Y ganó el Premio Planeta.
Se lo propuso (hay que decirlo) y está pletórico. La obra, una metáfora sobre el deseo y el azar, le ha servido para purgar ese sabor agridulce que le provocó el escaso eco de la novela para adolescentes El gran laberinto.
Savater, intelectual recién jubilado, quería reivindicarse como escritor de ficción y no dudó en ubicar la trama en un ambiente que conoce a la perfección, que le apasiona: las carreras de caballos.
La desaparición de Pat Kinane, un afamado jockey, sirve de argumento para el inicio de la novela. La historia enfrenta a dos magnates y permite descubrir al caballo perfecto, Espíritu Gentil, que representa todo aquello por lo que el ser humano lucha y esa búsqueda perenne del camino de la esperanza.
Al pensador vasco, amenazado por la banda terrorista ETA, le restan dos semanas de promoción de La hermandad de la buena suerte. Quince días agotadores en los que siempre prodigará una sonrisa y una respuesta amable, locuaz, y brillante, por supuesto. “¡Nuestro héroe del verbum mentis!”, en palabras del escritor Álvaro Pombo, habló para EL UNIVERSO de esta novela que se ha adjudicado el galardón más apetecido en el microcosmos literario.
¿Hay algo más apasionante para usted que una carrera de caballos?
Voy a verlas desde que tenía cinco años, mi padre era muy aficionado. Llevo más de 55 años viendo carreras de caballos y les he cogido gusto.
¿Apuesta mucho?
No. Si uno juega mucho, no ve la carrera. Solo ve su billete corriendo en la pista. A la gente que juega mucho no le gustan las carreras, sino ganar o perder. Juego porque es parte del ritual, pero nunca apuesto más que un par de euros.
¿La hermandad de la buena suerte es un homenaje a esta afición?
Caballo de copas, del chileno Fernando Alegría, es la mejor novela sobre carrera de caballos. Yo había soñado con escribir la segunda.
¿Cómo define a esta novela?
Es una novela de aventuras, con intriga, peripecias, con un cierto enigma. Tiene humor, romanticismo, un compendio de mis alegrías. Es una percepción sobre la dificultad de la vida, el tiempo que pasa, las frustraciones y, sin embargo, la conservación de la esperanza. Parafraseando a Tolkien, en esta obra yo practico la evasión del que se escapa de la cárcel y no del que huye del enemigo. Hay gotas de metafísica, dosis minúsculas, que pueden hacer pensar al lector a la par que lo divierte y hace que se la pase bien.
¿Y se divirtió escribiéndola?
La novela fue en sí misma una recompensa porque me sacaba de la monotonía, escribirla fue como estar permanentemente en un balneario, de vacaciones. Le vino bien a mi salud.
En tiempo de crisis no le vienen mal los 601.000 euros (766.275 dólares) del Premio Planeta.
El destino de ese dinero lo decide mi mujer. En eso no tengo capacidad decisoria. Ella será quien lo administre y lo hará mejor que yo.
Inocente o no, cualquier lector se reirá mucho y más de uno llorará con este libro.
Me gusta que mis novelas no se conviertan en un castigo, sino en el gozo de vivir. Hay elementos que harán sonreír pero, por supuesto, la lección de fondo no es puramente humorística. La vida acaba mal. La mayor parte de las vidas acaban mal.
Pero su alegría parece incombustible.
Mientras estoy, estoy contento.
¿Aunque viva condenado a llevar escolta por estar en la mira de la banda terrorista ETA?
Siempre es mejor estar que no estar.
¿Preferiría no tener que escribir sobre terrorismo o nacionalismo, como hace en sus ensayos?
Sí, son temas que absorben mucho. Algunos tenemos el privilegio y el deber de dar la cara. Si no lo escribo yo, no lo dice nadie; las cosas como son. Eso no quiere decir que me entusiasme. Lo hago porque considero que puede ser útil. Deseo que eso se resuelva y poder dedicarme a otra cosa.
¿Qué temas quisiera abordar?
Más que proponerme temas, haría una lista de aquellos que nunca volvería a escribir.
¿Ha sido la novela una suerte de balón de oxígeno?
En los últimos quince años he procurado alternar obras filosóficas, que son el grueso de mi trabajo, con alguna obra literaria. Durante un par de años, sobre todo el pasado, cuando llegaba el Planeta todo el mundo me daba como ganador aunque no había escrito ni presentado nada. Así que me dije: si quedo finalista sin haber presentado ninguna novela, cuando la presente gano seguro.
Este es un libro sobre las cosas buenas que le han ocurrido. ¿Escribirá algún día sobre ese lado maldito?
Novela, no. A lo mejor, alguna vez, cuando sea más viejo, haré una autobiografía, un último libro que cuente lo malo.
La hermandad de la buena suerte es una muestra de que lo ligero no está reñido con la profundidad del contenido.
Si puedo decir una cosa con cinco palabras, no me gusta decirla con diez. No es como el cuento, el problema de la novela es la dilación. A mí eso me cuesta mucho y me aburre mortalmente.
Hablar de carreras de caballos en un mercado editorial como el español, con una sobrepoblación de textos sobre la Guerra Civil, puede considerarse un verdadero respiro.
Ni Guerra Civil, ni catedrales, ni sectas misteriosas. Esta novela es ahistórica. No se sabe dónde pasa, ni cuándo pasa. Lo que tiene de bueno es eso, que es distinta a las otras.
La suerte es uno de los elementos vertebrales. ¿Cree en ella?
Creo que la convertimos, con nuestro empeño y vocación, en buena o mala. Aún sigo vivo, así que no puedo quejarme.
Usted es impulsor del Manifiesto por la lengua común, el castellano, en una España donde hay gobiernos locales como Cataluña, País Vasco o Galicia, empeñados en arrinconar al idioma. ¿Cómo explicar esto en Latinoamérica?
Es algo tan pintoresco que comprendo que la gente no lo entienda. En España hay niños que no pueden estudiar en castellano, lugares donde no se puede hablar esa lengua, o administraciones a las que uno no se puede dirigir en ese idioma. Es importante que los latinoamericanos sepan que también se maltratan sus derechos porque llegan a España, país con el que comparten una lengua común, y tienen que verse obligados a aprender gallego, catalán o euskera. Todas las culturas tienen sus cosas buenas, pero si al bajarme de un avión en el DF en México tuviera que dirigirme en maya a las personas del aeropuerto me causaría cierto trastorno.
La pregunta de rigor: ¿Le gusta la elección de Barack Obama como presidente de Estados Unidos?
Para mí y para la mayoría de personas de mi edad es casi el cumplimiento de un sueño romántico. No creí que viviría para ver a un hombre de color en la presidencia de Estados Unidos, creí que sería más fácil ver a una mujer. Más allá de que sea bueno, malo o regular, el triunfo de Obama, simbólicamente, tiene un peso muy grande. McCain era un tipo que, en general, estaba bastante bien, se lo veía digno, no era el republicano radical sino que era bastante más abierto, laico. Pero al lanzarse encima a Sarah Palin y todo lo que ella significa, fue el fin.
¿De qué escritores latinoamericanos tiene referencias?
Admiro mucho a Mario Vargas Llosa, Juan Villoro, Ricardo Piglia. Soy malo para los nombres. En mis viajes procuro leer sobre todo relatos y cuentos. Me cuesta leer novelas, debo estar muy convencido.
Se acaba de jubilar como catedrático en la Universidad Complutense. ¿Qué le apetece hacer?
Me voy a dedicar también a vivir. Siempre me he creado muchas obligaciones. Ahora con esa mentalidad de jubilado, del qué más da si me puedo levantar más tarde, a ver si me relajo. Quiero viajar un poco, estar con mi mujer y pasear tranquilos e ir a mis carreras de caballos, claro.
PERFIL: Fernando Savater
VIDA
Nació en San Sebastián, 21 de junio de 1947. Destaca en el campo del ensayo y el artículo periodístico.
PRODUCCIÓN
Entre sus libros están La infancia recuperada, Ética para Amador, El contenido de la felicidad, El gran laberinto y Los siete pecados capitales.