Alergia tengo a la cordura, lamento experimentar crisis de seudosabiduría.
Soy asiduo de varios blogs en los que hallo desenfrenada irreverencia, aunque de pronto se vuelque uno en mi contra, lo que me parece saludable, divertido. Me gusta ser el loco tierno de la página editorial, lo que no me impide disfrutar el talento de muchos compañeros cuyas columnas nutren mis indispensables conocimientos.
Me incomoda la seriedad cuando no es sino abismal falta del sentido del humor. Si no sabemos reírnos de nosotros mismos, quedamos condenados a creernos eternos mientras la muerte nos muerde los talones, lo que nos debería obligar a callar nuestras estupideces. Intento recordarlo cuando cometo una. Imaginar mi nombre en avisos necrológicos liquida mis ínfulas.
El diccionario define la locura como “denominación imprecisa de un trastorno mental”. Si somos de algún modo trastornados, es maravilloso.
Encendemos la pasión, disfrutamos el incendio, nos enamoramos sin medidas, nos atrevemos a meternos en caminos donde ni los lobos se atreverían. Se nos encabrita el corazón, la sangre corre como loca en las venas, disfrutamos sensaciones que solo los dioses podrían comprender.
Amar es tocar el cielo con ambas manos.
El inicio de la locura es cuando nos metemos de cabeza en asuntos insignificantes para los demás, logramos llevarlos hasta lo sublime, cuando nos sentimos capaces de morir por alguien, luchar con honestidad por una causa aunque esté equivocada. La locura existe porque la muerte la empolla y le permite desactivar la prepotencia de la cordura. Sin locuras el ser humano es uno más del montón. Están ahí las admirables chifladuras de amor que llevan a una viejita arrugadita hasta los barrios de Calcuta, a un pan de dulce llamado Jesús hacia dos maderos, tres clavos. Lo visten con la túnica roja de los locos, lo flagelan, así mismo como asesinarán a Gandhi. En el mundo “civilizado” solo aquellos locos que se pretenden serios pueden asesinar a Lincoln, a Martin Luther King y a los suyos; los de la Inquisición queman vivas a niñas por estar embarazadas sin permiso eclesiástico, chiquillas que perdieron la razón por tener el amor como única razón. El amor se atreve, resbala, camina en el filo del abismo, no lo pueden detener los filtros de la religión, del qué dirán, de la política. San Pablo escribe: “La cordura del mundo es locura a los ojos de Dios” (Corintios primera III, 9). Amar a una mujer por su locura es aceptar aquella huella que su locura dejará dentro de nosotros. El “insanus amor” del que habla Ovidio era un arte. Muchas locuras amorosas se diluyen en la rutina del matrimonio. Todo amor tiene que renovarse tanto en la alcoba como en los mil detalles de la vida diaria. Lo que más se parezca a la locura no debería ser la cordura sino la alegría de vivir. Amar hasta la locura suena genial: es estar loco dos veces.