Domingo 09 de noviembre del 2008 Religiosa y Obituarios

La Catedral del Papa

Dios y yo

El señor Lateranus, cuando el pérfido Nerón mandó que le quitaran su palacio, no podía suponer lo que iba a suceder, después de dos siglos y pico, con su casa romana. Jamás imaginó que Constantino, el emperador que permitió a los cristianos construir iglesias, se la regalaría al papa San Silvestre.

Eso fue lo que pasó en el año del Señor trescientos veintipocos, cuando el rancio palacio se convirtió en la catedral del sucesor de Pedro. Esto es, en la basílica (que, por cierto, significa casa del emperador o rey de reyes) del Luterano, “Madre y cabeza de todas las iglesias de la ciudad de Roma y del entero mundo”.

Su consagración como lugar sagrado tuvo lugar el 9 de noviembre del trescientos veintitrés, poniéndola bajo el celeste patrocinio de los dos San Juanes que indicaron la presencia del Señor: el Bautista y el Evangelista.

En el año setecientos ochenta y siete, fue de nuevo consagrada por culpa de un siniestro personaje, que le dio de golpes a una imagen del Divino Salvador que pertenecía a la Basílica.

Entonces comenzó a llamarse la Basílica del Salvador o del Divino Salvador. Aunque se la conoce más –por el rico primer dueño Lateranus– como Basílica de Letrán.

El palacio anexo a este templo, durante mil y pico de años, fue la residencia de los papas. Y en él se reunieron en Concilio, cinco veces, los obispos católicos del mundo.

Ya casi en nuestros días –en el mil novecientos veintinueve– se firmó en este lugar, en el Palacio de Letrán, el tratado de paz entre el Vaticano –el estado del Papa– y el Gobierno de Italia.

Todo esto se lo cuento porque hoy, en lugar de celebrar la iglesia la liturgia del domingo, celebra la dedicación de la Basílica del Salvador.

El evangelio elegido, de acuerdo con la fiesta, nos habla de la indignación de nuestro Dios porque compraban y vendían en su templo. Y también de que la auténtica morada del Señor, su verdadero templo, era su perfecta humanidad con su perfecto cuerpo.

Dos verdades que ni usted ni yo podemos olvidar. Porque debemos expulsar de nuestro corazón cuanto distraiga del amor de Dios, y no podemos, por fácil que nos sea comulgar, dejar de sorprendernos con el misterio de la eucaristía, den la que está presente verdadera, real y sustancialmente, Jesucristo nuestro Salvador.

Pero la fiesta de la catedral del Papa, al hablarnos de la sede desde donde imparte sus autorizadas enseñanzas, a usted y a mí nos habla de obediencia y de unidad.

De escuchar con atención lo que nos dice y de ponerlo en práctica. De defenderlo y transmitirlo con fidelidad. De pedir por su persona e intenciones.

O más concretamente: nos habla de servir a nuestra madre, la iglesia, como desea ser servida.

 

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