La joven del milagro quiere prepararse en Secretariado el próximo año en la Escuela Politécnica.
En el 2004, bajo la tutela del párroco de Nobol, Edermina, de entonces 19 años, llevaba una vida tranquila. Aceptaba todo y hacía sacrificios para agradar a Dios, por ejemplo, desistía de visitar a sus familiares los fines de semana cuando le pedían que ayudara en el santuario.
Esta actitud, de jamás negarse a lo que le piden es, según sus allegados, una debilidad en su personalidad. “Acepta todo lo que le dicen, es demasiado callada, siempre le aconsejé que no permita que nadie le imponga cosas”, dice Emperatriz Vélez, de 60 años, miembro de la Legión de María en Nobol.
Su hermana Martha coincide. La define como una persona que le huye a las decisiones, que titubea, sin vida propia. “A veces en cosas tan simples, como salir a alguna parte, ella dice ‘tal vez’”, comenta Martha.
Edermina reconoce esta debilidad en su carácter y se enoja. “Siempre he sido la niña de mis padres, de los sacerdotes; me dicen que haga algo y lo hago”. Cuando le han aconsejado que no haga algo, Edermina también ha obedecido. Recuerda que sus padres y religiosos le repetían que no debía tener enamorado, que tenga cuidado. “Siempre tenía eso en mi mente: no se puede, no se puede”, recuerda. Ella dice que no sabe cómo aceptó a un ex sacristán como novio, a los 19 años.
Con él lleva cuatro años, pero las cosas no han sido fáciles. Su madre no lo acepta, porque aún quiere que Edermina sea monja, y el padre Plácido Muñoz, tampoco. “La he regañado, porque esa persona no la merece”, cuenta el sacerdote.
En cambio, Raúl Ortiz, de 18 años, enamorado de Edermina, comprende los temores de los familiares y amigos de que ella caiga en tentaciones. “Yo la respeto y creo que si hacemos algo debe ser cuando ya estemos casados”, comenta Raúl.
Sin embargo, por esos temores, los padres y religiosos creyeron que Edermina debía dejar de estudiar en la noche la carrera de Secretariado Bilingüe en la Universidad Laica Vicente Rocafuerte. Hasta allá Raúl la iba a dejar y recoger a diario.
En diciembre del año pasado, cuando ya se había aprobado el milagro y se esperaba la fecha de la canonización de Narcisa de Jesús, monseñor Antonio Arregui mandó a llamar a Edermina y le pidió que dejara los estudios nocturnos, que él se comprometía a darle la educación universitaria en la carrera que escogiera, pero en el día.
Edermina terminó el primer año en la Laica y ha perdido este porque la Espol, donde le prometieron estudiar, no ha abierto aún su carrera.
Hasta el 12 de octubre pasado, en que Narcisa fue santificada, Edermina estuvo dedicada a las actividades derivadas de la canonización. Por intercesión de la Arquidiócesis, trasladó su residencia al convento de las Hermanas Oblatas de San Francisco de Sales en Guayaquil. Ha acompañado a su madre a los actos religiosos a los que la invitan y ha atendido al menos un centenar de entrevistas.
Una de aquellas es la que dio hace tres semanas en el parque de la ciudadela Acuarela del Río, una mañana soleada en la que intentaba encontrar el sentido de su vida. “Le he pedido a Narcisa que se fijen en ella, no en mí. Le he dicho que ya todo pasó, ella es santa. Ojalá Narcisa me haga ese milagro, saber qué rumbo debe tomar mi vida”.