La santa cumple el miércoles un mes en el altar. Este proceso ha influido en Edermina.
Hacía poco más de una semana que Edermina Arellano Plúas, la protagonista del milagro con el que Narcisa de Jesús culminó el proceso de santificación el mes pasado, había sido el centro de la atención de algunos medios, la Iglesia, la feligresía y hasta de su propio entorno.
Era una mañana soleada en un parque de la ciudadela Acuarela del Río, en el norte de Guayaquil. Sentada sobre el césped húmedo, Edermina, de 23 años, arrancaba hierbas mientras intentaba hallar el sentido de su vida. Su mente regresaba al mediodía de abril de 1994 cuando empezó todo.
Aquella era una mañana sin sol que marcó dos etapas en su historia: pasó de ser la niña que decidía jugar en soledad a creer que su vida no le pertenecía sino a los demás.
Entonces tenía 9 años y era la mayor de cinco hermanos. Había salido desde temprano del recinto Las Jagüitas, en Colimes, con destino a la cripta de Narcisa de Jesús, en Nobol. Su madre, Violeta Plúas, oraba para que Narcisita le hiciera el milagro a su hija y le reconstruyera los órganos genitales que Edermina tenía ocultos, un defecto anatómico que le provocaba dolores al orinar.
Después de cuatro visitas a la cripta y dos consultas médicas que advertían del riesgo si Edermina no se operaba, el 26 de mayo de 1994 Juan Ojeda, otro especialista que la revisó, preguntó: “¿Porqué me traen a una niña sana?”. El milagro había ocurrido y lo único que ella sintió de extraño fue una fiebre que le quemaba por dentro.
Mientras Violeta Plúas lloraba de alegría y agradecimiento, Edermina recuerda que el entonces párroco de Nobol que las acompañaba, Plácido Muñoz, decía emocionado: “Esto es un milagro, un verdadero milagro, y se está necesitando de un milagro para lograr la canonización de Narcisa de Jesús”.
La niña tímida y callada que prefería jugar en soledad –aunque por eso sus hermanos le dijeran que no era normal como ellos– y que se divertía cosiendo ropa para sus muñecas se volvió de pronto en el centro de la atención de amigos, parientes y religiosos que la colmaban de compañía, elogios, mimos y obsequios.
Edermina no volvió a sentirse a solas con ella misma después de aquel milagro. Su vida giraba alrededor de la entonces beata Narcisa de Jesús, un poco por el agradecimiento que sentía hacia ella y otro tanto por lo que le decían sus padres, fieles, religiosos y amigos. “Mi mamá quería que yo fuera monja, las personas me decían tú eres la niña del milagro, todos me decían: tú le debes a Narcisa”.
Incluso llegó a creer que debía seguir sus pasos. Edermina quedó impactada cuando leyó en algunos libros sobre los sacrificios que hacía la religiosa. Con la consejería del padre Muñoz, al menos una docena de veces entre los 14 y 15 años se flageló como Narcisa, utilizando bejucos leñosos para reemplazar los cilicios y la corona de espinas. “Me acostaba a dormir con eso, lo hacía sin que nadie se diera cuenta”, recuerda.
Corría el año 2000. El milagro de Narcisa en Edermina ya era un asunto que rebasaba los límites en Nobol. En julio de ese año se había firmado el decreto arzobispal para que el tribunal eclesiástico en Guayaquil estudie la curación y se inicie el proceso para la santificación de la beata en el Vaticano.
Mientras, la “niña del milagro” estudiaba corte y confección para aprender el mismo oficio de costurera que tenía Narcisa de Jesús. Asistía a las clases, pero no imaginaba su vida detrás de una máquina de coser, sino contestando llamadas telefónicas en una oficina y manejando el computador. Ella quería ser una secretaria.
Cuando se graduó de costurera ya era mayor de edad y la prensa comenzaba a buscarla para entrevistas. El tribunal eclesiástico avanzaba el proceso para certificar el milagro.
Para la Iglesia, la canonización de Narcisa sería la tercera en la historia del país. La segunda había sido la del Hermano Miguel, hacía más de 20 años, en 1984. Edermina era muy importante para la Iglesia. “Es un testigo vivo de una realidad sobrenatural, eso, certificado por los dictámenes médicos y teológicos, se convierte en un documento para declarar santa a Narcisa”, dice el arzobispo de Guayaquil, Antonio Arregui.
Tenía el título de costurera, pero no olvidaba que quería ser secretaria. Su madre pensó que sería buena idea aceptar la propuesta del sacerdote Plácido Muñoz, que había ofrecido darle educación desde que Edermina tenía 14 años, pero para eso debía vivir en Nobol y separarse de su familia.
“Yo quería que ella estudiara, pero ella no quería ir”, recuerda.
A los 19 años, una mañana de abril, Edermina dejó a sus padres en las Jagüitas y trasladó su hogar de Colimes a la parroquia de Nobol. “Yo no estaba enseñada a salir de mi casa, ese día lloré mucho, mucho”, dice.
La separación le afectó, pero también le sirvió para prepararse en su anhelo de convertirse en secretaria. La Iglesia pagó la alimentación, la educación y vivienda mientras estudiaba Secretariado Bilingüe en el colegio Narcisa de Jesús de Nobol. A cambio ayudaba con los quehaceres domésticos en la parroquia. Pág. 4B
Monseñor Antonio Arregui
Arzobispo de Guayaquil
“Es un testigo vivo de una realidad sobrenatural, eso, certificado por médicos y teólogos, se convierte en un documento para declarar santa a Narcisa”.
Edermina Arellano
protagonista del milagro
“Le he pedido a Narcisa que se fijen en ella, no en mí. Le he dicho que ya todo pasó, ella es santa. Ojalá Narcisa me haga ese milagro, saber qué rumbo debe tomar mi vida”.
Emperatriz Vélez
amiga
“Ella acepta todo lo que le dicen, es demasiado callada”.